viernes

La ropa y los cambios

Tengo un problema con la ropa. No con las tallas, que también, sino con la ropa como concepto, como útil, como elemento de vestir.

Supongo que será por mi “extraordinaria percha”, pero no percibo la ropa nada más que como algo necesario con lo que taparme, que eso siempre viene bien, y protegerme de las inclemencias del tiempo. No es un adorno, ni algo que coleccionar, ni nada para recibir como regalo, ni cumple ninguna otra función. Quizás es por eso, dada la poca importancia que le doy, que ocupa un lugar tan recóndito y pequeño de mi cerebro. Y crea problemas.

Estamos casi a mediados de septiembre. Y aún no he hecho un ejercicio que se llama “cambio de ropa”, y que es algo que, según me han contado, hay que realizar cuando llega el invierno y otra vez cuando apunta el buen tiempo. Consiste en quitar de tu armario lo que te has puesto durante los últimos meses y sacar ropa nueva de la maleta o el desván o de dónde cupiese la última vez que tuviste que hacer “el cambio”. ¿Cómo que no es nueva la ropa? Por supuesto que sí. Yo cada “cambio” estreno ropa, porque esa que sale de la maleta no la he visto nunca. Mi mujer dice que sí, y a lo mejor tiene razón porque está usada, pero yo puedo jurar que es la primera que la veo.

Y claro, como no me acuerdo de ella, tampoco tengo necesidad de sacarla. Con las 3 camisas, 3 polos y 3 pantalones cortos, que en plan emergencia, me sacan al principio del verano tiro toda la temporada. Y es más fácil, no hay nada que pensar. Miras el armario, ves lo que está limpio y eso te pones. A veces la coordinación de colores es un tanto ecléctica, pero bueno, no pasa nada. Con suerte impones moda.

Sin embargo este verano, sigo sin hacer el cambio, que debe ser algo importantísimo. Mi mujer, por ejemplo, le tiene que dedicar un fin de semana completo (después de figurar en su agenda de pendientes-urgentes, durante muchos días previos). Saca ropa a mogollón, pues creo que no tira nada desde que tenía 15 años. Empieza a guardar la del invierno, por ejemplo, y sacar toneladas de cosas de verano. Se lo prueba, lo aparta, se lo vuelve a probar con otra cosa… y al rato, cansada, lo coge todo junto y lo mete, a presión, en el armario del día a día.

Yo no lo puedo hacer así. La ropa no me vale. Mantengo la teoría de que la ropa guardada en el armario encoge por las costuras, y por eso no te vale cuando te la vuelves a poner a la temporada siguiente. Mi mujer dice que no, que soy yo que engordo. ¡¡Vaya tontería… Seguro que yo tengo razón!!

A continuación viene el siguiente paso: el cabreo. Nada le combina con nada. Estadísticamente es imposible. Con la de ropa que hay ahí, que se podría vestir a un colegio entero, ¿Cómo no va a combinar nada? Pero la ropa, al parecer, lleva un ingrediente secreto: la moda., que multiplica el problema al tener en cuenta que exige anchos, la
rgos, caídas y colores determinados para cada año. Como si la falda larga del año pasado este año no fuera a tapar y abrigar igual…

Además, a mis ojos, estrena todo cada año. Salvo alguna cosilla de la que, por casualidad, me acuerdo (por ser más fácil o difícil de quitar o algo similar) el resto para mi es todo nuevo. Sin embargo ella se sabe de memoria toda su ropa, toda la mía y la de los niños. Es impresionante. Además, se refiere a esas prendas con unos colores raros, imposibles de identificar en un
pantone, con lo cual no los reconoce ni su padre cuando te habla de ellos.


En fin, superada esa etapa de desconcierto inicial, con el armario lleno, el inventario perfecto y siempre al día en la mente, el cabreo superado y sin embargo, surge una gran duda cada mañana:
-¿Qué me pongo? Es que no tengo nada…

Joder, si hay dos millones de perchas y en cada una se alinean de tres en fondo pantalones, faldas, blusas y otras prendas cuyo nombre ignoro… Que haga como yo. Una cosa para cada día de la semana.

Pero me sigue recordando que no he “hecho el cambio” Y creo que a estas alturas ya no merece la pena. Así ¡¡ya tengo el cambio hecho!! Todo lo de invierno está perfectamente dispuesto en mi armario, esperando a que lo redescubra, otra vez, como cada año.

jueves

Espionaje en internet

Estoy mosqueado. Mucho.
Me parece que lo del espionaje en Internet, robo de datos, etc., va mucho más allá de lo que pensaba y ya entra en la esfera más íntima y personal.

Hasta ahora, que me robaran los pin de las cuentas tampoco me preocupaba mucho: no hay nada que llevarse. Pero, desde hace un tiempo, a través del correo llamado spam, me llegan ofertas, muchas ofertas, sobre tres temas en concreto:

- Alargamiento del pene. Constantes ofertas con aparatos, operaciones, etc. para conseguir un órgano sexual más vistoso.

- Viagra. Para que una vez esté vistoso, además funcione, porque sino, solo sirve para las fotos.

- Relojes. Sí, relojes de pulsera de todas las marcas y modelos, por supuesto falsos.

Y digo yo. ¿Cómo se han enterado? ¿Quién se lo ha contado? Mi primera sospechosa ha sido mi mujer, ¿quién mejor que ella te conoce? pero me ha asegurado que no se lo ha comentado a nadie.

¿Tendrán cámaras en mi casa? ¿Me estarán espiando? Porque no me negaréis que ya mosquea el punto de afinamiento al que llegan. Te ofrecen exactamente lo que necesitas. Y da hasta miedo, porque el ámbito en el que se produce el espionaje ya no es sólo cibernético. ¡Es personal!

Y yo quiero saber quién les ha dicho ¡¡que no tengo reloj de pulsera…!!

miércoles

Medicina y cine

Por razones evidentemente ajenas a mi voluntad, me he visto obligado a pasar un par de días en un hospital. Afortunadamente nada grave ni importante. Sin embargo, me ha servido para darme cuenta de algo que seguro que todos ya sabéis:

- Las urgencias no son como las de las películas. Aquí te pasas tanto tiempo esperando que, o te mueres, o te curas. No salen a por ti tres médicos y cuatro enfermeras disfrazados de quirófano.

- Las habitaciones, no son como las de las películas. Aquí si vas al año o se te cae la ducha en la cabeza o te pillas algo que no llevabas…

- Los quirófanos no son como los de las películas. Ni música clásica sonando ni concentración general, ni ambiente de operación serio y trascendente. La consulta del veterinario de mi perro se parece más a los quirófanos de las películas.

- La conversación en el quirófano no es como la de las películas. Aquí están hablando de sus vacaciones, de lo que se escaquea fulanito y de que “como no suba no se que cirujano me voy y a "este" le dan por culo” (dicho por el Anestesista, que no era como los de las películas, refiriéndose a mi, el paciente indefenso, en pelotas, intubado, esperando y en la camilla)

- Los médicos: Se parecen a los de las películas, en especial a House, en su prepotencia, chulería y desprecio por el paciente. En su ojo clínico ni de coña.

- Los cirujanos en concreto. …pfpphhhff ja ja ja ja ja. No recuerdan a los de las películas ni de lejos. Bueno sí, en el gorrito colorido y ridículo que se colocan.

- Las enfermeras... Bueno, estas sí, a veces, recuerdan a las de las películas. Evidentemente no son modelos, como aquellas, pero son amables y cariñosas. Aunque cuando entran gritando y encendiendo la luz a las 6 de la mañana, en pleno sueño, para ponerte una inyección… Por cierto ¿en qué asignatura les enseñan a cerrar la puerta de la habitación? Porque suspendieron todas. No había forma oye…

Al menos me dieron de alta, curado, como en las películas y me pude ir a casa. Porque no era nada grave, oye, que si no…

sábado

Una visita necesaria (pero algo escatológica)

En algún post anterior ya hablé de lo difícil que resulta mantener la dignidad en algunas circunstancias. No es que mantenerla sea muy importante per se, pero resulta cómodo para seguir conviviendo contigo mismo y que puedas mirarte al espejo a pesar de las ojeras, las canas y las arrugas. (¡Qué deterioro, dios mío!)

En una de esas me vi nuevamente el otro día. Acudía, por primera vez en mi vida, al urólogo: estaba pensando en hacerme una vasectomía. Tú, vas pensando casi en términos filosóficos. Para ti, la intervención es el fin de un ciclo, y conlleva unos cambios a nivel mental y emocional para los que creía estar preparado pero que quería comentar con el médico y además que me contara todos los procesos y secuelas. Hasta aquí bien, pero a partir de ese momento empieza a convertirse todo en algo más escatológico de lo que había pensado.

El doctor, aparentemente, me escuchó y pasó a hacerme las preguntas de rigor para abrir el historial: edad, antecedentes familiares, otras operaciones, etc. De repente llegamos a la pregunta crucial:

- ¿Ha acudido usted con anterioridad al urólogo?

- Pues, no -respondes muy seguro de ti mismo, ya que si no lo has necesitado, te parecía tonto visitarle para tomar unas cañas solamente-.

- ¿Y con casi cincuenta años y no ha ido nunca al urólogo?

Joer, pues no, ni a EuroDisney tampoco.

Y ahí vino la primera bronca.

- ¿Y fuma usted?

¡Ah! Aquí si estaba prevenido, pues ya se que el binomio médico-tabaco es incompatible.

- Bueeeeno, pueeees, si.

- Pues lo tiene que dejar, ¿no sabe que el tabaco y más a su edad, puede provocar impotencia?

¡Cómo que a mi edad! ¿Cómo que a mi edad? Pero si el tío este tiene, al menos, treinta años más que yo!! e ¿impotencia? si estoy hecho un toro y no se lo que es un gatillazo, salvo por los libros… (No vale preguntarle a mi mujer ¿eh?)

Así que uno, que iba en plan metafísico con ideas trascendentalistas (de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos…) se encuentra hundido y desarmado hábilmente por el contrario y en la primera maniobra. En dos preguntas me ha echado la bronca por irresponsable, me ha hecho sentirme idiota por fumar (sin comentarios, que os oigo), me llama viejo y además, impotente. Si llego a ir con una sífilis, el tío me fustiga con el látigo, seguro. Pero lo bueno no había empezado todavía. Esto era solo para marcar las distancias.

- ¿Orina usted por la noche?
- No señor, no me meo en la cama desde los dos años.
- ¡Que si se levanta usted a orinar por las noches o aguanta toda de un tirón!
- Hombre, sólo me levanto si tengo ganas…
Ante su expresión le aclaré que suelo aguantar toda la noche, pero que duermo poco y las noches son cortitas. Así esperaba dejarle un poco más contento porque pensando en la vasectomía me la iba imaginando ya más como una castración…

- ¿Y como orina usted?

Este tío debe de ser tonto. ¿Qué le contesto? ¿Calentito y espumoso? ¿De pie? ¿Con la minga en la mano? ¿Cara a la pared? En fin, antes de meter la pata, cabrearle y que me cortara algo más de lo debido, preferí aclarar la pregunta.

- ¿A qué se refiere?

Después de mirarme fijamente, y con unos ojos de esos que en las novelas califican como gélidos, tiene la amabilidad de aclararme

- Que si el chorro es continuo y fuerte, o intermitente y que si duele al orinar.

Caray que morboso es el tío. Le respondo que si, que el chorro es impresionante y que no duele nada. Al contrario, cuando te estás meando que ya no puedes más, es uno de los mayores y más relajantes placeres de este mundo.

- ¿Y hay restos de sangre en su orina?

Pero bueno, este tío está convencido de que soy imbécil. Si me doliera o tuviese restos de algo, o algo funcionara mal, se lo habría dicho e incluso ¡habría ido al médico! Pero como siempre, pensando en mi integridad futura, le contesto muy dignamente que no, que puede variar el color, pero nada de restos ni de nada.

Al parecer, cansado ya de mis negaciones, me indica que pase a la salita adjunta y me baje los pantalones. Supongo que es normal, porque estábamos en el médico, de hecho él era el médico, pero sonó mal.

En fin, en la sala, me quedo con las vergüenzas al aire, esperando, y te observas (¿siempre ha sido tan pequeña…?) y piensas si, por fin, vamos a hablar de la vasectomía. Llega el doctor, se coloca unos guantes de examen (pues no, no vamos a hablar de nada, al parecer) te agarra de ahí mismo y empieza a ¿hacer qué? Supongo que estaría examinando médicamente algo importante, pero yo no me di mucha cuenta pues estaba interiormente rezando: “Que no se me levante, por favor, que no se me levante, que se esté quietecita, que además de tío –aunque eso parece que cada vez importa menos- es viejo, feo, antipático y ¡¡no me gusta nada!!”. Pero como todos sabemos que tiene vida propia y que jamás obedece, yo no las tenía todas conmigo. Al fin acabó el examen y yo, todo orgulloso, comprobé que la cosa seguía tan triste como antes. ¿Qué se había figurado este?

Pero la alegría dura poco en casa del pobre y de repente veo que se empieza a echar un gel en un dedo del guante. ¡Vaselina! Y en proporciones alarmantes ¿Qué quería hacer el tío este? Aunque me lo iba figurando…

- A ver, dóblese sobre la camilla y ponga el culo en pompa.

Pero si yo solo había ido a hablar de… En fin, daba igual; con los pantalones en las rodillas y los calzoncillos bajados, la posibilidad de una huida rápida estaba descartada y además la sala de espera estaba abarrotada. Siempre había pensado que algún día, si me metían en la cárcel… pero así, sin flores, ni cena, ni nada…sin siquiera decirme que me quería… que triste…

Totalmente resignado y vencido, me inclino sobre la camilla y el sádico, con el dedo embadurnado, se acerca y ¡zas! . Pero antes de darme cuenta ya estaba de nuevo libre. Y además, hube de reconocerme que no había sido desagradable. ¿Me estaré volviendo rarito?

- Ya se puede vestir, la próstata está bien.

Coño, a esa cosa, a la próstata, de la que tanto habías oído hablar y que siempre habías asociado al aparato urogenital masculino, resulta que se accede por atrás. Bueno, al menos estaba bien, algo es algo.

Volvemos al despacho, busca en su agenda y me dice:

- Bueno, le operamos el próximo día 8. Tome, firme esto y esto, llame al hospital por la mañana el mismo día para confirmar y preséntese en ayunas. Buenos días.

¿Buenos días? ¿y mis dudas? ¿y mis explicaciones? ¿y mi conversación metafísica?

Salgo de la consulta pensando que no me han aclarado nada, pero que el balance es raro. En diez minutos, me han llamado inconsciente, me han regañado y amenazado con quedarme impotente, me consideran viejo, me manosean las joyas de la corona y me meten un dedo por el….
¡Y eso que iba como enchufado de parte de un colega suyo, que si no…!

En fin, el día 8 pasó y yo no me presenté.

(Republicado: Aspective)

El tamaño, a veces, si importa

Después de oír muchísimas veces a las mujeres mentir diciendo eso de que "el tamaño no importa", os aseguro que no es así. Sí que importa. Y me estoy refiriendo a ser grande, alto, gordo… sobrepasar, en bastante, la media. Te causa problemas de muy diversos tipos: no caber en sillas, plazas de avión, butacas de cine, etc. (vamos, en la mayoría de los sitios), también a la hora de comprar ropa, zapatos (uso un 47) etc. Pero hay dos circunstancias que, por cotidianas y repetitivas, suelen ser incómodas: los coches y los ascensores.

Con los coches estoy especialmente sensibilizado porque espero que en breve me entreguen mi nueva cutreadquisición, (lo más barato de lo más barato porque mi economía no está para muchas alegrías) ya que no es lo mismo sentarte para probarlo, dos minutos, que aguantar tres horas de atasco. Ya veremos. Y es que estoy escaldado.

¿Sabéis como van las sardinas en lata? Bien, ese sistema lo idearon después de vernos a mi padre (más o menos, igual de grande) y a mí, hace unos años, en un 600. Nos habían dejado ese coche mientras el nuestro lo revisaban (¿no tendrían otro modelo, caray?) y fue una odisea. De entrada, para caber tuvimos que realizar una justa repartición del escaso espacio existente, y durante el trayecto un gran ejercicio de coordinación: “Voy a cambiar” decía él; Yo me salía por la ventaniila de la derecha, metía las rodillas contra el cristal y él cambiaba de marcha. "Relajación", y volvíamos a la posición original, estrechamente unidos, hombro con hombro, muslo con muslo, rodilla con rodilla. Nunca me sentí más cerca de mi padre. La velocidad máxima era la de los autos de choque y la cuesta del parking la tuvimos que intentar tres veces y con carrerilla. Tardamos más del doble de lo habitual en recorrer el trayecto y todos nos pitaban al adelantarnos porque parecía que íbamos parados dada la mínima velocidad que eso cogía. Pero pocas veces en mi vida me he reído tanto con mi padre. Algo bueno tenían que tener las apreturas…

En otra ocasión, tras una agradable cena de trabajo con un conocido, y aún en activo, presentador de telediarios de TV, él se ofreció a acercarme a casa y evitar el taxi. El problema comenzó cuando el aparcacoches se acercó con un Mitsubishi 3000 GT. Un deportivo bajito y molón, rojo fuego, acojonante. La odisea comenzó para meterme en el coche. Después de plegarme en 7 tuve, durante todo el trayecto, una gran dificultad respiratoria porque mis rodillas me obstruían la nariz. Y de la digestión ni hablamos. Con el estómago retorcido como una bayeta de fregar, os podéis imaginar dónde fue la cena cuando pude, al fin, salir del vehículo, eso sí, por partes, porque tenía todo el cuerpo entumecido.

Otra vez, en Barcelona, después de acudir a la consulta de un médico amigo, este se empeñó en llevarme él al aeropuerto. Bien. Tenía un precioso Mercedes Sportcoupe 230 Kompressor cuyos diseñadores no habían pensado en proporcionar suficiente recorrido hacia atrás al asiento y tuve que poner las rodillas en el parabrisas. Iba absolutamente encajonado, sin poder mover nada más allá de los dedos de la mano. El médico, que estaba, hasta ese momento, súper orgulloso de su coche nuevo (negro brillante, potente, extraordinario… para los enanitos de Blancanieves), se deshizo en disculpas, de algo de lo que no tenía culpa alguna, por supuesto, mientras tú te sientes gordo, deslabazado y pantagruélico...

Cuando conocí a la que hoy es mi mujer, tenía un coqueto Lancia Y 10, al que cariñosamente llamaba el "Lancita". Y el diminutivo no era de regalo. Cuando por cualquier circuntancia me tocaba conducirlo a mí (y lo intentaba evitar como a la peste) tenía que ir, fuera invierno o verano, con la ventanilla bajada para sacar el hombro; el acompañante iba a su vez incrustado contra su ventanilla y yo iba perfectamente peinado por el techo del coche. Para ver el retrovisor tenía que intentar agacharme y llevaba la palanca de cambios entre las piernas (y no penseís mal, coño). Tenía, además, la sensación de ir en un monopatín a toda leche por la autopista. En cuanto pudimos lo cambiamos por un todoterreno más adecuado a mi morfología… El que compramos, mis hijos lo bautizaron como "el camíon". Perfecto.

Pero creo que la vez que peor lo he pasado pues me sentí, además de ridículo, vulnerable, fue cuando tuve que volver conduciendo desde Toledo a Madrid el coche de la entonces mi jefa. Un Peugeot 307 cabrio. El coche fardaba una barbaridad y cuando lo llevaba ella, rubia, mona, con la capota quitada, llamaba la atención. La cuestión es que yo también la llamé pues durante el viaje llovía, no se pudo quitar la capota… y yo no cabía de alto. Desde fuera, la aerodinámica del coche se veía rota por un huevo, del tamaño de mi cabeza, que sobresalía presionando la blanda capota hacia fuera: y efectivamente, era mi cabeza. Me faltó, únicamente, hacer un agujero y sacar la cabeza por encima en plan dibujos animados.
Desde luego, no estoy hecho para todos los modelos, o ellos par mí. Y menos mal que hay coches que ya por el nombre me avisan de que no me puedo subir, como el Mini o el Micra y ni se intenta...

De las veces que me he descolgado en ascensores (sé, de primera mano, que tienen superamortiguadores en el fondo del hueco por el que suben) hablaremos otro día.

Pero no siempre es fácil ser grande. De verdad.

martes

Pelos, depilaciones y otros problemas

Siempre he oído a las mujeres en general quejarse de la esclavitud que supone la depilación. Y sobre todo en época estival, ya que vayas a la playa, la piscina, a pasar un simple día de campo, o a dar una vuelta por ahí siempre les coge mal: no se usan medias y el bañador o la minifalda dejan demasiado a la vista la piel. Y claro, no ha crecido el vello lo suficiente para utilizar la cera (casera o comercial), la cuchilla lo fortalece y deja “granitos”, la Epilady o similar da tirones o es desagradable, las bandas o las cremas no te dejan bien… En fin, que pase lo que pase y cuando pase, el vello corporal siempre es un problema.

Y sin embargo los hombres, para quienes también lo es, lo sufrimos en silencio, como las famosas hemorroides. Sí, sí, es un problema y grave pues nos afecta a lo largo de toda la vida.

Comienza cuando eres pequeño, más o menos a partir de los 4 o 5 años y coincides con tu padre en el cuarto de baño. Indefectiblemente, pues debe de venir en el código genético, comienzas a comparar y le preguntas si tú también la tendrás así de grande (¡Ja!) y si también tendrás tanto pelo. Te contestan que claro, “cuando seas mayor”. Como la respuesta te asocia el tamaño y el pelo a la edad, y de pequeños siempre queremos ser mayores, comienza la espera impaciente del crecimiento del vello púbico.
(Aclaración: el constante tocar de huevos atribuido a los varones, no es más que un reflejo de aquellos días en los que estábamos comprobando cada poco tiempo si ya había crecido el pelo. Y ya queda como hábito para siempre. Je, je, je)

Poco después, en el gimnasio del colegio, te das cuenta de que a algunos de tus compañeros les han crecido ¡pelos en las piernas! Ya empiezan a ser mayores. Tú, te estudias las tuyas y continúan tan lisas como siempre. Ni asomo de una ligera sombra. Y encima notas que otros chicos ya tienen “pelos en los huevos” (a cada cosa por su nombre) y que los tuyos andan tan pelados como el culito de tu hermano pequeño.

Encima, mientras andas lidiando con los complejos anteriores, un nuevo problema asoma en el horizonte: observas que sobre el labio superior de esos malnacidos e insolidarios compañeros empieza a sombrear un atisbo de bigote. Vas corriendo al espejo más cercano y el alma se te cae a los pies cuando constatas que tu madre tiene mucho más bigote que tú. ¡Y no digamos la abuela!

El tiempo, que todo lo cura, va solventando antes o después (siempre demasiado “después” para tu gusto) estas eventualidades. Pero entonces comienza la siguiente. ¡Quieres pelo en el pecho! Antes de saber que en el futuro nuestras queridas novias y esposas nos pedirán que nos depilemos como Beckham (como si con eso nos fuéramos a parecer en algo) ya hemos oído aquello de “hombre de pelo en pecho” y lo del “hombre y el oso…”. Sin embargo hay que solucionar antes otro problema. Esa sombra que comenzó, al fin, a crecerte sobre el labio, se ha transformado en un partido de hormigas: once contra once a cada lado. Y se ríen de tu bigote. ¡Sí, te toman el pelo! Y entonces, hablas con tu padre y en un solemne acto familiar te hace entrega de los trastos de matar. ¡El niño ya se afeita! ¡Se nos ha hecho un hombre! Sí. Ya. Ha comenzado algo que tendrás que hacer con ganas o sin ellas, dormido o despierto, durante todos los días del resto de tu vida…

Mientras, aprovechando la maquinilla, te rasuras el inexistente vello del pecho a ver si crece de una puñetera vez. Has oído que afeitándote cogerá más fuerza y tú dale que dale hasta que el pecho se te queda en carne viva.

Pero bueno, el tiempo sigue pasando y al fin has conseguido, más o menos, convertirte en el osito de peluche que desde pequeño deseabas. Incluso pruebas a dejarte barba, que te da una imagen más seria y adulta. Y entonces comienzan los problemas con tu novia: “Que pica”, “Que me da alergia”, “Aféitate que pareces un guarro”…

Como he dicho, el tiempo pasa. Para lo bueno y lo malo, y de repente, un día, ves que la línea de comienzo del pelo en tu frente va retrocediendo. ¡Hay entradas en tu cabeza! Y cada vez se van haciendo más marcadas. Te intentan consolar diciendo que es signo de madurez. Y entonces esa menor densidad que se empieza a vislumbrar, poco a poco en la coronilla ¿es signo de que me voy a hacer monje? Tus amigos, esos que han sido unos cabroncetes desde que eras pequeño, te empiezan a tomar el pelo: “¡Eh, macho, que se te ve el cartoncillo!” “Que no, coño, es que me he dado transparencias”. Comienzas a aplicarte todos los remedios del mercado contra la caída del cabello, algunos realmente asquerosos, y lo único que logras es ser el calvo más pobre de tu barrio. Bueno, te consuelas cortándote el pelo muy cortito, a la moda, y así parece que disimulas más. Mientras, sigues bregando con el depilado del pecho y espalda (si tú no te afeitaste la espalda nunca… ¿cómo han crecido ahí?) que tu mujer te pide. Y llega otra sorpresa.

La cantidad de pelo debe de ser una constante matemática en tu cuerpo. Como lo has perdido de la cabeza, comienza a crecer en nariz, cejas y oídos. Pero ¡coño! ¿es que nunca va a dejar de dar problemas? Al afeitarte de cada día tienes que incorporar el recorte de pelo en espacios pequeños que es todo un arte. Y cuando acabas, ya listo y guapo para salir preguntas “¿Estás lista cariño?

- ¡Ay! No todavía, no. Es que no sabéis la suerte que tenéis los hombre con no teneros que depilar…

En fin.

viernes

Bromas creíbles

Leo en Qué:

Lo incluyen por una broma
Franco, en las listas de admitidos de la Universidad de Valladolid con un 9,8
Europa Press,
19 de agosto de 2009.


Una broma provocó que el nombre de Francisco Franco Bahamonde encabezara, con una nota media de 9,8, las listas de admitidos de la Escuela Universitaria Politécnica de la Universidad de Valladolid (UVA), según confirmaron a Europa Press fuentes de la Institución académica.(...)



Claro que estoy seguro de que nadie se creyó la broma, porque, que esté muerto, pase, pero ¡¡un 9,8!! ¡¡venga ya...!!

Las bromas, para que tengan éxito, deben de ser creíbles por el público, si no, no hacen gracia.

miércoles

Ideas que chocan pero...

En vacaciones, generalmente, vamos más despacio y eso nos da la oportunidad de fijarnos en cosas que normalmente nos pasarían desapercibidas.
En mi lugar de vacaciones de este verano, he tropezado con una opción de reciclaje, al menos, curiosa:


De entrada parece que choca. El libro es un objeto relacionado con el estudio y la cultura, que no parece tener como destino final el cubo de reciclaje. Así, ante las dudas sobre el reciclaje que me planteó el tema, recurro a Internet y encuentro varias definiciones de “reciclar":

- Someter un material usado a un proceso para que se pueda volver a utilizar.

- Retorno al sistema de producción de materiales desechados, inútiles o sobrantes de procesos industriales.

- Obtención de la materia prima originariamente utilizada para el producto que ha dado lugar al residuo.

Supongo que todas ellas son correctas. La cuestión entonces está en el objeto que reciclamos. Vidrio, metal, papel, etc., tienen una clara vocación de reutilización, pero ¿y el libro? Veamos...

Según la primera de estas definiciones “Someter un material usado a un proceso para que se pueda volver a utilizar”, y aplicándola a los objetos que sugiere la imagen, los libros, nos indica que este cubo es, evidentemente, una biblioteca. Sin duda. Lo que no sé es como funciona la sección de préstamos (¿habrá que meter la mano a ver qué sale?) ni quien hace los carnés (imprescindibles en este país burócrata)

Si analizamos la tercera definición: “Obtención de la materia prima original utilizada para fabricar el producto que ha dado lugar al residuo”, podríamos pensar en recuperar el papel, la tinta, o mejor, el conocimiento e ideas que el autor ha vertido en sus páginas; luego estamos reciclando sabiduría. ¡Que buena idea! En lugar de estudiar o de leer un libro, vas a comprarlo reciclado y seguro que te lo venden por separado. “¿Me da las ideas de Quevedo?”. Además, será más barato.

Si por el contrario analizamos la segunda definición, “Retorno al sistema de producción de materiales desechados, inútiles o sobrantes de procesos industriales” entendemos claramente que una vez leído el libro ya no sirve para nada: sobra, es inútil y no hay que conservarlo. Si no, no te lo pedirían ¿no?
¡Como se enteren los del Ikea se van a llevar un disgusto: la de estanterías que van a dejar de vender…!

En cualquier caso, la imagen choca.

Junto a los bricks, botes, periódicos viejos, pieles de plátano, huesos de pollo, papeles de regalo y cajas de pokémon, hay que incluir también los libros. Los de texto mis hijas ya se habían dado cuenta de que no servían para nada y se podían reciclar rápidamente. Por eso ni los tocaron. Pero los de lectura…
A mi me gusta tenerlos y prefiero no reciclarlos y dejarlos en la librería de casa por si algún día, cualquiera, yo mismo, los vuelve a leer.

domingo

"Escuche bien..."

Desde luego las Autoridades Sanitarias no vigilan bien. A este tío la ensalada que se ha fumado le ha sentado mal. Pero mal, mal.
Antes, estos chalados me daban risa. Pero reconozco que su proliferación me llega a dar miedo. Como todos los fanáticos y locos. Pero hay que tener una mente realmente sucia para ver las asociaciones que este iluminado realiza...
Y encima se vuelve de oro.


¿Estará pagado por Dremworks? Me lo tomo a risa, pero...

Vía: Etiopica

viernes

Revuelto

Bueno, pues el paréntesis se acabó, como todo lo bueno, y ya he vuelto otra vez.

Eso que se llama vacaciones, que son cortas y caras, es lo que debería ser lo normal, el estado natural del hombre. Siempre me he planteado si las vacaciones es la ausencia de trabajo, o el trabajo la ausencia de vacaciones. No es que importe mucho, es más bien una chorrada tremenda, pero el cerebro, al menos el mío, se reinicia muy lentamente. Debe ser que está lleno de "basura" y está demasiado ocupado con tonterías y funcionalidades desfasadas. Tendría que hacer una buena limpieza y una desfragmentación, a ver si aumentaba su rendimiento, pero no estoy por la labor.

¿Que estoy desvariando?

Evidentemente.

Será el síndrome posvacacional, ese que los pichicólogos se inventaron hace pocos años y que ahora, lo nuevo, es negar que exista. Pues no existirá, pero yo lo tengo.

Han sido pocos días, al menos para mi gusto, pero el bolsillo, que es el que realmente manda (con permiso de mi mujer), dijo "basta", y basta. Y se puso en marcha la conocida parafernalia del regreso, con su moreno medio pelado, las alfombrillas del coche llenas de arena, la cuenta en rojo, las tarjetas con la paloma desplumada y temblando, las malas caras, la casa que huele a cerrado (por no decir a perros), y ese maravilloso reencuentro con los compañeros del curro, con fingida alegría, cuando en realidad estarías totalmente feliz de no volverlos a ver. Pocos días pero con algunas anécdotas con las que amenazo martirizaros en fechas sucesivas.

Y de paso comentar que me ha creado un perfil en Facebook. ¿Para qué? Ni idea. No sé para qué sirve, ni qué puedo esperar de él. Busqué, como había oído, a viejos compañeros y amigos a los que había perdido la pista, confiado en un agradable reencuentro, y no encontré ni uno. Además, me he dado cuenta de que me he olvidado del nombre de la mayoría. Bueno, de los apellidos, y claro, no es cuestión de buscar por "Fernando" a secas. El programa no te llama gilipollas, pero lo piensa. Y una cosa curiosa: como todos, he probado a buscar gente que se llame igual que yo y, para mi sorpresa, hay un montón de tías buenísimas con mi mismo nombre. Pensé que ellas, o yo, nuestros respectivos padres vamos, se habían equivocado, pero luego caí que en el mundo anglosajón (que mal suena eso) mi nombre es femenino. ¿Y para qué sirve? Pues para nada, pero si alguna vez me las encuentro cara a cara ya tendré algo de que hablar. Si consigo mirarlas a la cara...

En fin, que ya estoy por aquí, y alegraros, que no os voy a colocar ni el vídeo ni las fotos de las vacaciones.

Editado:
Incluyo ahora este vídeo con la canción de "La leyenda de la ciudad sin nombre" (Paint your Wagon) "They call the wind Mariah", porque por alguna razón desde que he escrito el post no he dejado de tararearla, para martirio de los que me rodean.