Os dejo con un comercial venezolano de Ford. Que os guste..
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viernes
Es manipulación, por supuesto, pero me gusta
No me canso de repetir que la publicidad, cierto tipo de publicidad, me encanta.
miércoles
El entierro de la sardina. El discurso de Gallardón
Os copio el texto completo del discurso en el Entierro de la Sardina del Alcalde de Madrid. No es mi Alcalde (porque no vivo en la ciudad, malpensados) ni estoy de acuerdo con él en la inmensa mayoría de las cosas. Ahora, es cierto que divertido, sí que me parece en algunas ocasiones. Ha recuperado una aire, en cierta lejana forma, al estilo de Tierno para los discursos y deja amplio margen para la interpretación, especulación y dobles intenciones que hacen las delicias de tertulianos y comentaristas. Olvidaros, por una vez, del fondo, centrándoos únicamente en la forma, contemplad sus finas ironías y disfrutad jugando a adivinar el requiebro. Que os divirtáis:"Gente de capa da vuelta a las calles", dijo el gran Ramón, y ese runrún, que llega ahora hasta este Patio de Cristales, va a ser que la sufrida sardina ha regresado. ¡Admirable constancia! Porque ningún año queda de ella ni la espina, y aún así, fiel a la tétrica cita, acude a deleitarnos con su presencia espeluznante... Pasen pues, alegres cofrades, y velen a sus anchas a la finada, que, bien mirado, así lo merece tanto justo que por pecador ha pagado. ¿O es que acaso no es la difunta la única que con su martirio y su entereza ha intentado redimirnos de este general desbarajuste? ¿Quién negará que es ella la que, después de tanta algarabía, tanto derroche y tanta burbuja, no viene a recordarnos ahora, con espíritu de rebajas, que todas las pompas son fúnebres y que sólo los discretos las vieron venir?
Un disgusto este deceso, vaya. Pero un disgusto generoso y cabal, de los que valen a otros para escarmentar. Lo que se llama un sacrificio. Yo les contaré cómo ha sido, aunque me tienen que prometer que van a tomarme a pies juntillas, sin quitar ni poner, que luego vienen los exégetas del antruejo y ven fantasmas donde no los hay. Y es que ya saben que campan por la Villa palabreros y murmuradores, analistas y hermeneutas, almas de confidencial y tertulia diaria, qué digo diaria, ¡horaria!, y que cuando el diablo no sabe qué hacer mata moscas con el rabo o le busca las entrelíneas al Entierro de la Sardina, que es ceremonia transparente como estos caballeros. Pero que quede claro que, como dijo nuestro querido Larra, en marzo hará dos siglos nacido, Todo el año es carnaval y no hay para qué esperar de este día ninguna chanza singular. Habló Mariano -Mariano... José de Larra-, y yo todo lo de Mariano lo hago mío: "Pues en verdad que es mi mayor deseo ir con la corriente de las cosas -escribió el bachiller- sin andarme a buscar cotufas en el golfo, ni el mal fuera de mi casa, cuando dentro de ella tengo el bien".
En fin. La cosa es que esta vez, en pleno Cow Parade, la menesterosa había llegado a Madrid entre vacas. Claro que ella no se ha engañado un minuto, porque en cuanto las ha visto sabía ya que eran vacas flacas... Y no es que la estrechez le haya cogido de nuevas, porque es pescado modesto, de vida ordenada y costumbres solidarias, que no se aleja nunca del cardumen si no es para dejarse caer por Ma
drid estos días a echar una canita al aire. Hasta le consoló saber que sus primas ricas, la anchoa y el arenque, ya no pueden mirarla por encima del hombro, digo de la branquia, porque tal y como están las cosas la señora en todas las casas va a ser pronto ella. Pero, con todo, de la impresión, así se ha quedado en unos días la pobrecita, que no hay más que verla, ¡en la raspa! Con la ilusión intacta, eso sí, pero repitiendo el disfraz de escamas del baile pasado, remendadito y tan apañado, después de años de esplendor y frenesí multicolor en los que, a decir de los expertos, Don Carnal había hecho de su capa un sayo, comprando, vendiendo y más que nada especulando, poniendo en riesgo, en suma -o en resta-, el beneficio de los pequeños, de entre cuyas filas surge siempre la humilde sardina, que de este perro mundo se va como vino, con una aleta delante y otra detrás...
drid estos días a echar una canita al aire. Hasta le consoló saber que sus primas ricas, la anchoa y el arenque, ya no pueden mirarla por encima del hombro, digo de la branquia, porque tal y como están las cosas la señora en todas las casas va a ser pronto ella. Pero, con todo, de la impresión, así se ha quedado en unos días la pobrecita, que no hay más que verla, ¡en la raspa! Con la ilusión intacta, eso sí, pero repitiendo el disfraz de escamas del baile pasado, remendadito y tan apañado, después de años de esplendor y frenesí multicolor en los que, a decir de los expertos, Don Carnal había hecho de su capa un sayo, comprando, vendiendo y más que nada especulando, poniendo en riesgo, en suma -o en resta-, el beneficio de los pequeños, de entre cuyas filas surge siempre la humilde sardina, que de este perro mundo se va como vino, con una aleta delante y otra detrás...De modo que a nuestra buena amiga casi no le ha dado tiempo ni a reparar en que, en vez de Don Carnal y Doña Cuaresma, este año andaban enzarzados keynesianos y monetaristas, socialdemócratas y liberales, globalizadores y proteccionistas, quienes, a su manera, vienen a ser cada uno un trasunto de aquellos dos, y, para que ustedes me entiendan, como los tirios y troyanos del maldito parné. Y aún así, la infortunada se ha enterado de todo, sólo con vernos la cara. Porque, ¿cómo no identificarnos con esta mortificada especie, cuando el ciudadano esforzado y trabajador tiene a veces la dolorosa sensación de estar, como ella, mordiendo anzuelos todo el día? Que si los bancos, que si el euribor, que si la liquidez... ¡Liquidez! ¿Qué vamos a explicarle nosotros de liquidez a este pez sobresaltado, si unos vivimos agobiados por el enfriamiento de la economía y ella no duerme de pensar en el calentamiento de los océanos? Que nadie está ya en su sitio tranquilo, y lo que hasta ayer parecía cotidiano es hoy desvelo.
Al final ha sido todo muy rápido, un suspiro, lo que tarda en desplomarse un Dow Jones o el Ibex 35. Y sólo nos queda el consuelo de esperar que el paso fugaz de la sardina por este pretencioso mundo en recesión sirva para que el ciclo perpetuo del carnaval, con su imperecedera promesa de renacimiento y renovación, con su bulliciosa alternancia de alegrías y tristezas, de opulencias y penurias, nos infunda más confianza en el futuro que los incomprensibles ciclos Kondratieff, y pueda incorporarse por fin a la ciencia -es un decir- económica. Quizá así, a fuerza de secarnos las lágrimas y sacudirnos la ceniza, apretando la mandíbula todos los días, haciendo de la necesidad virtud -qué otra cosa representa si no la sardina-, podamos esperar el regreso redentor del Carnaval en medio de esta desolación invernal, logrando que la Cuaresma que nos acecha dure cuarenta días y no cuarenta años...
Claro que, si me guardan el secreto, yo tengo un plan... Porque el viernes confié la ciudad al barón de Coubertin, acompañado de todo su olímpico séquito, por ver
si le coge gusto y decide trasladarse a Madrid hasta 2016. A estas alturas, no es ya cosa suya, pero me han dicho que el barón aún conserva alguna influencia en Lausana, así que vamos a ver. A mí me consta que él la ha corrido estos días en grande, y ahora, como no hay mayor prueba de lo serio que nos tomamos el asunto que el hecho de que nos lo tomemos a broma, tendremos que conseguir lo propio con sus colegas. Así que pido a los madrileños que se recaten, se esmeren y se vuelquen, que es lo que toca cuando los señores inspectores del Comité Olímpico Internacional vengan a visitarnos dentro de poco. Hagan el favor, ciudadanos, de comportarse, que más difícil lo tengo yo, que cambié con Coubertin las llaves de la villa por los aros olímpicos, y a fe que me cuesta deshacer el trueque ahora que ya me había hecho a la idea.
si le coge gusto y decide trasladarse a Madrid hasta 2016. A estas alturas, no es ya cosa suya, pero me han dicho que el barón aún conserva alguna influencia en Lausana, así que vamos a ver. A mí me consta que él la ha corrido estos días en grande, y ahora, como no hay mayor prueba de lo serio que nos tomamos el asunto que el hecho de que nos lo tomemos a broma, tendremos que conseguir lo propio con sus colegas. Así que pido a los madrileños que se recaten, se esmeren y se vuelquen, que es lo que toca cuando los señores inspectores del Comité Olímpico Internacional vengan a visitarnos dentro de poco. Hagan el favor, ciudadanos, de comportarse, que más difícil lo tengo yo, que cambié con Coubertin las llaves de la villa por los aros olímpicos, y a fe que me cuesta deshacer el trueque ahora que ya me había hecho a la idea.Pese a esas pasajeras expansiones, no me quito a la desdichada de la cabeza. La sardina, discípula aplicadísima de Nietzsche, reflexiona, en su eterno retorno cada miércoles de ceniza, acerca de su propio destino. Y hoy, antes de dar los últimos coletazos, se ha despedido de nosotros con las palabras transidas de Zaratustra: "¡Yo he visto morir todas las visiones y todos los consuelos de mi juventud! ¿Cómo he podido soportarlo? ¿Cómo he podido tolerar y sobreponerme a semejantes heridas?" Luego ha boqueado, y, con un destello efímero en sus ojos opacos de peje moribundo, ha exclamado, antes de expirar: "¡Sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones!"
Descanse en paz.
Alberto Ruiz Gallardón
Alberto Ruiz Gallardón
Alcalde de Madrid
Discurso en el Entierro de la Sardina
Madrid, 25 de febrero de 2009
viernes
Las noches de las cenas de empresa
Hoy es uno de los típicos días en los que se celebran las cenas de Navidad de las empresas. ¡Y he conseguido librarme!
Sé que para algunos este es un día divertido: acaba con todo el mundo borracho, con la corbata en la frente en plan Sandokán, o los pantyes como collar y bailando encima de las mesas. Por no hablar de los enrolles con los colegas del curro. Pero yo no he estado nunca en una de esas. Las mías han sido siempre de las de discurso del jefe, discurso del segundo jefe, discurso del tercer jefe, anuncio de recortes presupuestarios, congelación de salarios y ausencia de contrataciones, peticiones de esfuerzos especiales a los curritos, etc. etc. Y todos muy formales en mesas redondas para cenar cosas de esas de nombre larguísimo en francés y plato semivacío. Vamos un verdadero coñazo. Bueno, hasta el año pasado. El año pasado…
Estaba trabajando para una empresa (como asesor autónomo, fuera de plantilla)
y me habían invitado a su cena de navidad. Consideré importante acudir para dejarme ver, hacer la pelota a los jefes y conseguir que siguieran contando conmigo el año entrante. Me dispuese a asistir y como vivo alejado de la ciudad, salí de casa con más tiempo del que habitualmente empleo para hacer ese recorrido, pues no quería significarme llegando tarde. Sin embargo no había calculado que esa era la noche que debía de hacer escogido todo el mundo para las cenas, por supuesto a la misma hora, y logré incorporarme a un atasco del quince, y de milagro. Imaginaos como sería para conseguir llegar más de hora y media tarde.
Sé que para algunos este es un día divertido: acaba con todo el mundo borracho, con la corbata en la frente en plan Sandokán, o los pantyes como collar y bailando encima de las mesas. Por no hablar de los enrolles con los colegas del curro. Pero yo no he estado nunca en una de esas. Las mías han sido siempre de las de discurso del jefe, discurso del segundo jefe, discurso del tercer jefe, anuncio de recortes presupuestarios, congelación de salarios y ausencia de contrataciones, peticiones de esfuerzos especiales a los curritos, etc. etc. Y todos muy formales en mesas redondas para cenar cosas de esas de nombre larguísimo en francés y plato semivacío. Vamos un verdadero coñazo. Bueno, hasta el año pasado. El año pasado…
Estaba trabajando para una empresa (como asesor autónomo, fuera de plantilla)
y me habían invitado a su cena de navidad. Consideré importante acudir para dejarme ver, hacer la pelota a los jefes y conseguir que siguieran contando conmigo el año entrante. Me dispuese a asistir y como vivo alejado de la ciudad, salí de casa con más tiempo del que habitualmente empleo para hacer ese recorrido, pues no quería significarme llegando tarde. Sin embargo no había calculado que esa era la noche que debía de hacer escogido todo el mundo para las cenas, por supuesto a la misma hora, y logré incorporarme a un atasco del quince, y de milagro. Imaginaos como sería para conseguir llegar más de hora y media tarde. Cuando estás en pleno atasco, te vas poniendo de los nervios viendo avanzar únicamente al reloj. Tú, ni te mueves. Mucho tiempo después, y después de dejarme las uñas en muñones, logré, al fin, acercarme a la zona de destino. Pero debía de llegar el último pues todos los parkings estaban a tope. Y por la calle, en pleno centro, imposible. Vueltas, más vueltas, y más aún hasta que conseguí perderme. Absolutamente despistado pensé en dos cosas: pedirle a los reyes (a los magos ¿eh?) un navegador y en llamar a un colega que conocía la zona. Busqué el nombre de la calle y teléfono en mano (si esto lo leen los municipales, negaré haberlo escrito yo) fui guiado por mi compañero hasta un parking en el que, efectivamente, había sitio. Es cierto que estaba un poco lejos, pero el vigilante del aparcamiento te daba mochila con bocata y cantimplora para el camino.
Al intentar encontrar el aparcamiento deduje por qué había plazas: no había dios que diera con la entrada. Y mira que di vueltas a la manzana buscando el maldito acceso, pero s
ólo encontraba la señal de la "P" con la palabra libre escrita en verde. Al final paré en el carril bus, llamé a información, me dieron el teléfono del parking y les llamé para preguntarles si realmente existían o la "P" era un vacile para los desesperados como yo. Estaban acostumbrados. Me facilitaron dos referencias y pude localizar la dichosa entrada, tan escondida y con tantos recovecos, que al iniciar la rampa de acceso topé con la trasera del coche contra el bordillo y rajé la rueda trasera (la derecha por si hay curiosos).
Joder, no tenía tiempo para ponerme a cambiar una rueda y menos con lo elegante y pizpireto que iba yo, dentro de mis posibilidades, claro. Así que aparqué el coche pinchado, y salí corriendo hacia el sitio de la cena.
ólo encontraba la señal de la "P" con la palabra libre escrita en verde. Al final paré en el carril bus, llamé a información, me dieron el teléfono del parking y les llamé para preguntarles si realmente existían o la "P" era un vacile para los desesperados como yo. Estaban acostumbrados. Me facilitaron dos referencias y pude localizar la dichosa entrada, tan escondida y con tantos recovecos, que al iniciar la rampa de acceso topé con la trasera del coche contra el bordillo y rajé la rueda trasera (la derecha por si hay curiosos).Joder, no tenía tiempo para ponerme a cambiar una rueda y menos con lo elegante y pizpireto que iba yo, dentro de mis posibilidades, claro. Así que aparqué el coche pinchado, y salí corriendo hacia el sitio de la cena.
Pero el deporte es malo. Con las prisas metí el pié donde no debía y me torcí el tobillo, rompiéndome además, el tacón del zapato. ¡Del zapato nuevo!
Tarde, despistado (tuve que preguntar un par de veces por la dirección), cojo, sudoroso y sin resuello, logré llegar al fin. ¡Increíble pero allí estaba!
Pero la información no debía de haber circulado correctamente. Todos iban vestidos de esa forma que para mi es una incógnita: “elegante pero informal” y yo llevaba mi mejor traje, la corbata más nueva y los malditos zapatos (sin tacón) que estrenaba. Y para colmo no había cena. Era esa gilipollez que se llama cóctel y que consiste en perseguir a camareros cabrones que juegan al escondite contigo y llevan bandejas llenas de cositas pequeñas y desconocidas que saben todas igual. Y además ¡de pié! Con mi tobillo torcido y unos zapatos (insisto, sin tacón) que me apretaban por todas partes. (¿Quién es el idiota que estrena zapatos en estas ocasiones? Yo). Como asistía para hacer la pelota, no me pude ocupar de perseguir convenientemente a los camareros y me quedé con más hambre que Carpanta (nota= a la siguiente cena de empresa, ir cenado).
Bueno, al menos me había perdido los discursitos de rigor… como me hizo notar el jefazo al saludarme. Glorioso. La verdad, me estaba luciendo.
Decidí que bueno, que ya que estábamos, por lo menos aprovechar la barra libre, pero como no me gusta el alcohol, hacer rentable una barra libre a bases de coca-colas resulta algo “gaseoso”, y yo notaba (sobre todo en el cinturón) como poco a poco me iba hinchando.
Bueno, al menos me había perdido los discursitos de rigor… como me hizo notar el jefazo al saludarme. Glorioso. La verdad, me estaba luciendo.
Decidí que bueno, que ya que estábamos, por lo menos aprovechar la barra libre, pero como no me gusta el alcohol, hacer rentable una barra libre a bases de coca-colas resulta algo “gaseoso”, y yo notaba (sobre todo en el cinturón) como poco a poco me iba hinchando.
No conocía a casi nadie por lo que no tuve más remedio que dar la brasa a los pocos que me resultaban familiares (había que parecer integrado y quedarte solo, como un pasmarote, con corbata, aislado y con coca-cola en la mano no contribuía a ello).
Resultó que la empresa, en aras del buen rollito, había organizado un sorteo de regalos para los empleados en el que a todos les tocaría algo. Había un par de viajes chachis, alguna consola, ipods, mp3… y a mí me correspondió un magnífico bolígrafo de propaganda que encima me tocó agradecer, micro en mano, delante de todos. ¡Que falso soy! Me faltó emocionarme y soltar una lagrimita de agradecimiento ante el regalo...
En fin, cuando consideré prudente inicié una estratégica retirada, con saludos y parabienes, hacia el parking en el que me esperaba la rueda.
Un par de horas después llegaba a casa. Manchado el traje, sucio yo, con hambruna, el zapato roto, cojeando, sin saber si me iban a volver a contratar y, eso sí, un maravilloso bolígrafo de propaganda.
Un gran éxito de noche y deseando que llegara la cena de este año, como podéis adivinar.
Por cierto, incomprensiblemente, me volvieron a contratar. Veremos el año próximo.
En fin, cuando consideré prudente inicié una estratégica retirada, con saludos y parabienes, hacia el parking en el que me esperaba la rueda.
Un par de horas después llegaba a casa. Manchado el traje, sucio yo, con hambruna, el zapato roto, cojeando, sin saber si me iban a volver a contratar y, eso sí, un maravilloso bolígrafo de propaganda.
Un gran éxito de noche y deseando que llegara la cena de este año, como podéis adivinar.
Por cierto, incomprensiblemente, me volvieron a contratar. Veremos el año próximo.
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