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martes

No está uno para nada

Actualmente, aunque no se por cuanto tiempo, estoy trabajando en una oficina. Un trabajo normal, como tantos otros, con unos compañeros agradables. Esta mañana, al ir a desayunar a la cafetería cercana, estábamos charlando animadamente entre los seis o siete que íbamos y el camarero me ha preguntado algo. Al volverme hacia él para responderle, he visto mi reflejo en el cristal que, típicamente, tienen detrás. Bueno, al menos creo que era mi imagen. Ha sido impactante.
Tengo 49 años, aunque no creo aparentar más de 55 o 56 y en el grupo de compañeros ninguno alcanza los 30. Después de estar un rato hablando cara a cara con ellos y sus rostros aún tersos, sus peinados a la moda, su moderna e informal forma de vestir… me he girado para toparme en el espejo frente a frente con una cara que parece el anuncio de la arruga es bella, un peinado (“repeinao” que solo le sienta bien a Bertín Osborne), un tío gordo, con la barba canosa, encorbatado, con una americana pasada de moda y que realmente parecía el abuelo cabreado del resto.
Vamos que la moral se me ha caído a los pies, (más abajo no, porque el suelo estaba duro) la he pisoteado, sin querer, un poquito y me la guardado, hecha un guiñapo en el bolsillo.
Me miro al espejo cada mañana al afeitarme (alrededor de la barba) y quizá porque uno día a día se va acostumbrando a verse no nota tanto el paso ¿el paso? el peso del tiempo. Pero esta mañana el contraste ha sido brutal. Ya me tenía que haber mosqueado cuando las tías buenas, que alguna hay, que pululan por la oficina, me llamaban de usted en estos tiempos de tuteo generalizado. Pero uno, en sus fantasías, quería pensar que era por la prestancia, la elegancia, y todas las demás “ancias” que se os ocurran, que infundían al trato una cierta distancia teñida de admiración y respeto. Vamos, que por inventarme también podía haberme inventado la fórmula de la coca-cola, que los efectos iban a ser los mismos. Pero no. Debe de ser el respeto a lo venerable, a la ancianidad, porque creo que ya no es Halloween, no es 28 de diciembre y el carnaval no ha llegado, así que tengo de descartar cualquier broma o máscara. Sí, soy yo, y soy así.
Y es que esto de la decrepitud tiene su aquel. A pesar de la edad, conservo una buena mata de pelo, que al ser lavado y dejarlo secar me trasladan inmediatamente a la moda Beatles, con su flequillitos rectos y todo. Como solución, o uso algo de gomina, para darle forma o un toque de laca (es mi única concesión al varón metrosexual, sobre todo para poder ver cuando conduzco).
Ayer tarde opté por esta segunda opción. Inmediatamente antes de salir de casa y para dejar cada pelo en su sitio, me dí una ligera rociadita de laca. Al entrar en el coche, el flequillo comenzó a adueñarse de la frente y pensé que la nueva que me había comprado era una porquería. Sin embargo tenía buen aroma; un aroma que además, me resultaba muy conocido. Mientras conducía, intentando apartar el flequillo de los ojos, caí en porqué me sonaba tanto el olor. Cojonudo, me había rociado el pelo con el desodorante de mi mujer…

Y es que hay siglos en los que no está uno para nada…