lunes

Las batallitas del abuelo. Introducción

Esta vez, me convierto en el abuelo. En cualquier abuelo. Porque quiero dejar aquí aquellas vivencias, ya lejanas en el tiempo, que me marcaron con intensidad. No le interesan a nadie, lo sé, parecen sacadas de un viejo libro cutre, lo sé, y son ajenas a la mayoría de la gente, lo sé. Pero forman algo muy importante de mi pasado. Sí, son las batallitas, mis batallitas. O las historias de la puta mili, como también las llaman.

Me tocó hacer el servicio militar obligatorio. La mili. A pesar del baby boom de mi generación, a pesar de comenzar, tímidamente, la objeción de conciencia, a pesar de los excedentes de cupo, de ser hijo de viuda, de... todo. Me tocó. Y me correspondió la gloriosa infantería del ejército de tierra. Debido a algunas prórrogas por estudios me incorporé el 7 de octubre de 1981, junto a un reemplazo posterior en el que la mayoría de chavales eran tres, cuatro o incluso cinco años más jóvenes que yo. Contaba el que suscribe ya 21 "tacos" y una licenciatura en económicas que finalicé estando ya vestido de verde (me comunicaron por teléfono que había aprobado la última asignatura que me faltaba para terminar la carrera) y era mayor de edad desde hacía poco más de dos por mor de la nueva Constitución. Sí, original que es uno, accedí a la mayoría de edad con 19 años y seis meses justos.

Intentemos, por un momento, centrarnos en la fecha, en la época: octubre del 81. Gobernaba, ininterrumpidamente desde 1976, en ese periodo recién iniciado de democracia, Adolfo Suárez.
La crisis económica era muy importante, a pesar de los Pactos de la Moncloa, pero parecía vislumbrarse algo de luz, aunque en un muy lejano horizonte. La tasa de inflación a finales del año anterior había sido del 15% y llevábamos camino de repetir. El paro ascendía al 14% con casi dos millones de parados con una población empleada cercana a los 12 millones de personas. La tasa de paro juvenil superaba el 30%. Y ocho meses antes, el 23 de febrero, el Teniente Coronel Tejero había tomado al asalto el Congreso de los Diputados en una intentona golpista que se denominó, popularmente, el 23F. A Felipe González le faltaba un año para ganar sus primeras elecciones, no había divorcio, la OTAN, de entrada, no, la adhesión a la CEE (así se llamaba entonces) aún estaba en formato petición... No, esto no es "Cuéntame como pasó" aunque se le pueda parecer. Son el escenario, real, de mis recuerdos, de mis vivencias.

Desde crio me había aterrorizado lo ir a la "mili". Quizá por la imagen severa y omipotente de los militares en esa época. Pero en gran medida también, porque yo era un simplemente un  cagueta, dicho llanamente. Además, lo reforzaba todo lo que se oía, te contaban o, en el caso de mi madre, te amenazaba: "¡¡Ya verás/aprenderás/harás/comerás/etc. cuando vayas a la mili y te hagas un hombre!!" Ya inevitable el ser reclutado, me intenté preparar a conciencia. Procuré adelgazar, aprendí mecanografía en aquellas máquinas de pulsación manual en las que te dejabas los dedos, hablé con todos los veteranos que pude para conocer "la verdad", recabé toda la información que pude, en fin, todo lo que se me ocurrió. Y así, el 7 de octubre me presenté, como me habían indicado, en la estación de Atocha para salir rumbo a Córdoba, al CIR (Campamento de Instrucción de Reclutas) nº 4, llamado "Obejo", por estar cercano el pueblo y el monte de El Obejo (Córdoba). Y no, no hay falta de ortografía. Se llamaba así. Obejo y su pedanía Cerro Muriano (dónde encontraba el CIR nº5 , en el que juré bandera) se encuentran en Sierra Morena, a 16 km. de Córdoba, en la comarca de Los Pedroches. En aquella época de sequía aguda, un verdadero secarral. Pero eso es comenzar ya con las batallitas...

miércoles

“Va por ti” Relato

Dime.

Sí, tú, contéstame…

¿Será posible que, al fin, mis esbozos, mis dubitativos trazos realizados en el aire sin pincel ni papel, hayan cobrado forma, voz, cuerpo?

Desde siempre supe que existías, que tenías que existir. Que en algún sitio, en algún día de mi futuro, me estarías esperando con esa sonrisa contagiosa, simpática, cálida, amable, con esos ojos socarrones, brillantes y profundos.

Conocía tu aroma, aunque no supiera la marca de tu perfume. Saboreaba el dulzor de tu boca, la frescura de tus labios sin saber dónde encontrar ese manjar. Ya te deseaba, desde siempre, y ocupabas el papel protagonista de mis más ocultas fantasías. Te conocía aunque no pudiera describirte. Me conocía tu piel, suave, fina, y cada uno de tus poros sin haberte tocado jamás. Había participado en nuestras conversaciones, en nuestras risas comunes, en nuestras cómplices confidencias, sabía de tu vida ignorándolo todo.

Pero ahí estarías, esperándome. Ineludible, inevitable. Yo quemaba las semanas  y los años buscándote inútilmente entre las grises multitudes que me rodeaban, esperando ese destello de color luminoso que te delataría. Tenía la inquietud de no saber verte, de no reconocerte a pesar del convencimiento de la inexorabilidad, de la confluencia forzosa de nuestros caminos, determinada eones atrás por fuerzas inmensas y divinas.

¿Eres tú, al fin?

¿Ya ha llegado nuestro momento?

Dime, contéstame. Cuéntame si eres aquella a quien busco desde antes de nacer, ese ser maravilloso, etéreo hasta ahora, que me está predestinado y con el que nos complementaremos y completaremos de una manera perfecta.

Dime, contéstame. ¿Eres la mujer a quien, al fin, podré hacer feliz? ¿Aquella a la que podré adorar, admirar, amar, mimar? ¿Eres tú quien corresponderá a esos gritos de demanda hasta ahora sin eco?
Dime ¿eres tú?

Publicado originalmente en El Blogguercedario por Aspective el 1/2/12

Una buena lección

Este mes, de calor y vacaciones, mi hijo, diez años ya, ha aprendido lo que espero sea una de las lecciones más realistas y valiosas que puede recibir.

Allá por mayo, con mi renuencia, pero el apoyo encendido de su madre, cumplió con la tradición e hizo su primera comunión. Día paradigmático de recibir regalos, le ofrecieron, esperando evidentemente otra respuesta, la posibilidad de realizar un viaje. Supuestamente el destino debía ser Disneyland París, como sucedía con la mayor parte de sus compañeros de clase, pero el peque se descolgó, dejando a todos con la boca abierta, con que quería ir a Italía "que era la ilusión de su vida". No me preguntéis. Yo solo soy su padre. Ni idea de dónde puede haberse sacado ese anhelo, aunque si escarbáramos, llegaríamos, estoy seguro, a encontrar una relación de cualquier tipo con el fútbol. Faltaría más...

Pues el deseo se cumplió y a mediados de agosto, madre e hijo hicieron las maletas y en un vuelo se plantaron en Roma. La Roma del Coliseum y los gladiadores, la del Vaticano y sus museos, la de la Fontana de Trevi, y por supuesto, la pizza.
Todo iba bien, todo le interesaba, incluyendo las explicaciones de los guías, que se bebía con ansia protestando si no le dejaban escuchar, todo le gustaba.

Pero el segundo día surgió un problema que detectaron tarde. Las tarjetas bancarias, de crédito y débito, se habían desmagnetizado, siendo inútiles e impidiéndoles el uso de los cajeros y por tanto sin poder acceder al dinero. Y cuando se dieron cuenta fue porque habían agotado el efectivo.

La solución fue pedir a la familia una transferencia urgente por DineroGram o DineroRápido o lo que sea, una de esas empresas en la que ingresas el dinero en Madrid y en cuestión de minutos lo puedes retirar allí donde estés. Perfecto. El siguiente problema era el tiempo y el transporte. Debían llegar a la sucursal de la oficina correspondiente antes de la hora de cierre, lógico, pero esta estaba muy lejos de su hotel. No tenían dinero para taxi, ni para el metro siquiera, pues disponían, por todo capital, de 50 cts.. El tiempo apremiaba así que decidieron pedir prestado el importe de dos billetes de metro a un grupo de compatriotas, españoles, que estaban en su mismo hotel. Les contaron sus vicisitudes y la magnánima respuesta que obtuvieron es la que damos todos nosotros a los "sin techo" que nos piden por la calle: "Es que no tengo suelto...". Perfecto. En un país extranjero, en una ciudad cosmopolita, una madre y un niño de diez años piden a unos compatriotas el importe de ¡¡dos billetes de metro!! y... Bueno, que así nos va. En el hotel, los de recepción que habían oído toda la historia se hicieron los locos. Así que, sin otra opción, se dispusieron para atravesar la ciudad a paso ligero, intentado llegar a tiempo.


Sin embargo... un senegalés, que trabajaba de botones en el hotel, se acercó y sacando de su bolsillo de propinas tres euros, se los ofreció. Sin haberle pedirle nada.
- "¿Y esto?"
-"¿No teníais que coger el metro ahora?"
¡Y además, con una sonrisa!

Agradecidos, tomaron el dinero, cogieron el metro, llegaron a tiempo y volvieron al hotel donde, por supuesto, lo primero fue buscar al benefactor, y devolverle su dinero junto a una generosa propia que, incluso así, les sabía a poco. Porque nos era dinero, lo importante fue que les había sacado del apuro.

Visto que habían regresado ya con efectivo, en recepción se deshicieron en disculpas, porque no habían entendido bien y que "podían haber cogido un taxi que ellos lo hubieran pagado y cargado a la habitación". A buenas horas mangas verdes.

Mi hijo, aleccionado por su madre, aprendió que no fue el compatriota, ni el del hotel con todos sus recursos. Fue el inmigrante, el más humilde de los que allí estaban, el que era de otra raza y color quien, sin habérselo pedido siquiera, les ofreció lo que necesitaban, el que generosamente y con una sonrisa  les ayudó. Tal vez era el más sabía de apuros, de solidaridad y de ayuda...

Espero que mi hijo recuerde siempre esto, el día en que alguien "diferente", quizás con el que menos empatía podía tener de principio, fue la persona que dio un paso al frente y se solidarizó con ellos, ayudándoles. Que no importó el país, ni la raza, ni el estatus social. Que lo importante fue el hombre, el individuo.

Ojalá yo también lo recuerde siempre.

Escondernos de la tecnología...

No, para nada. Esto no va del espionaje de la NSA, ni de la Cía, ni de robo de datos, phishing, etc. Ni siquiera de cotillearle el teléfono a tu pareja. No.

Quiero comentar los problemas, tontos o no, que crean las nuevas formas de comunicación.Y en concreto, el whatsapp, esa aplicación que ya nos resulta imprescindible y que parece que lleva con nosotros desde siempre, aunque en la mayoría de los casos no pase de tres años su tiempo de uso.

¿Recordáis las trifulcas que se montaban al principio con el tema del doble chec y su significado? Que si lo habías recibido, que si lo habías leído... Las discusiones que originó estaban estupendamente recogidas en este vídeo:



Poco a poco volvían las aguas a su cauce cuando nos enteramos bien de lo que significaban cada una de las dos rayitas. Menos mal. Aunque la hora de la última conexión, ("¿con quien estabas hablando tú a esas horas si me dijiste que te acostabas...?" o el vernos "Escribiendo" cuando el/la interesado/a  no recibía mensaje alguno... son temas que siguen levantando ampollas. De acuerdo, hay formas de eludirlo pero resulta todavía más sospechoso. Al final va a tener razón el chiste:

  • Ella: ¿Puedes preparar la cena tú hoy?
  • Él: Joer, es que no me apetece, estoy con el partido...
  • Ella: Pues enséñame tu whatsapp
  • Él: ¿Qué has dicho que querías cenar?

El resto de las apps siguen en la misma línea, mostrando esos datos "incómodos" (¿de verdad deberían serlo?). Pues por si eso no es suficiente, comentan por ahí que se avecina y tercer chec, tanto para el Whatsapp, como Line o Telegram. De momento es puro cotilleo, ya veremos. Sin embargo, ya lo tienen, desde su lanzamiento, los usuarios de BBM (BlackBerry Messenger) en las diversas plataformas, que deben tener cuidadito mientras se comunican, porque esta aplicación va más allá del citado y polémico “doble chec” e incluye un tercer “chec” que nos permite saber si el interlocutor ya ha leído el mensaje. Y es verdad, no como el chiste:


"Whatsapp estudia incluir el tercer check (✔) para indicar cuándo tu mensaje ya ha sido espiado por la NSA y Obama.

¿Os imagináis que  a la hora de la conexión y al "escribiendo" se la una ahora la seguridad de que el mensaje ha sido leído... y nosotros no hemos contestado? Dentro de poco nos llegarán, seguro, desde los USA las estadísticas de divorcios provocados por los checs igual que lo han hecho sobre los ocasionados por Facebook.

sábado

Maldito miedo

Ayer la vi. Era ella, sin duda. Sin el menor atisbo de duda. Fue fugaz, intenso, increíble, onírico, irreal, maravilloso... pon la ristra de adjetivos que prefieras.

El lugar, el menos romántico del mundo. Una gasolinera. De prepago. Esta tontería hizo que tuviera que ir y venir, entre su coche y la caja, tres veces. Y las tres pasó a mi lado. Y me miró. Y yo no podía quitar los ojos de ella. Paralizado. Hipnotizado.

No te la puedo describir. Simplemente... hermosa. No sé si cumpliría los cánones actuales, los estándares de belleza al uso. Posiblemente no. Pero era mi sueño. Tal y como la había soñado innumerables veces, siempre despierto, hasta desesperarme creyendo, ya rendido, que no existía. Pero sí. Allí estaba. Pelo castaño claro, muy rizado y largo semioculto por una boina de lana, ojos verdes, nariz recta y pequeña, minifalda, piernas fuertes...ni alta ni baja. Simplemente perfecta. Diferente.

Ahora, purista irredento, me dirás que no la conozco. Que ni siquiera he hablado con ella. Bueno, supongo que según los libros tienes razón. Pero también esos libros dicen que han comprobado que bastan 2,8 segundos para que una persona se enamore. Y me sobró tanto tiempo... Hoy todas las demás mujeres que he visto me han parecido normales. Incluso aquellas que hasta ayer encontraba atractivas ya no lo eran.

Enamorado, si. Lo sé. Sí, lo sé. Y lo sé porque de golpe despertaron sensaciones que llevaban años dormidas. Tan aletargadas que creía muertas e imposibles de resucitar. De repente, lo que ya creía ajeno totalmente a mí, volvió, desbocado, a invadirme en segundos. El corazón acelerado, latiendo cada vez más rápido, la respiración rápida y breve, superficial. Imposible dejar de mirarla. Flojera en las piernas. Ilusión, durante un pánico. Y miedo, el viejo miedo escénico que tantas veces en el pasado me dejó inmóvil. Al igual que ayer. Me sentí de nuevo, niño, acobardado, miedoso, tímido, balbuceante... porque me di cuenta de que no podía hablarle. Fui consciente, de golpe, como un gran mazazo, de que tengo la edad que tengo y ella, mínimo, menos, veinte años menos. Me sentí viejo, muy viejo. Y tuve miedo, de nuevo, el viejo miedo. Miedo al rechazo, al estereotipo, a la risa, al desprecio. Miedo, miedo y miedo... y se fue.

Me sentí roto según se alejaba, consciente de que la probabilidad de volverla a encontrar por casualidad en cualquier sitio es ... inexistente. Luego pensé que podía haber hablado, me repetí mentalmente mil veces la escena con una infinita panoplia de variantes sobre qué haber dicho, cómo haberla abordado, como intentar un contacto, o al menos, la esperanza de tenerlo.  Pero, maldito miedo, me quedé allí, mirando como se iba. En silencio. Sufriendo ya su ausencia. Y luego me reí. De mí. No me fijé, siquiera, en la matrícula del coche. Ni en el modelo o marca. Solo que era rojo, algo deportivo y que resplandecía detrás de ella.

Llevo dos día sin quitármela de la cabeza. Repitiendo la escena mentalmente una y otra vez y ensayando todas la variantes que podrían haber sido. Pero no. No he podido concentrarme en el trabajo ni en la conducción. No me entero de la TV. Solo veo, una y otra vez su cara. Su cara. Su hermosa, maravillosa cara.

Me puedes poner tan verde como quieras. Te puedes reír hasta que te duela la tripa. Búrlate si es tu deseo, pero yo, ayer, me enamoré. De una entelequia. Porque existe pero... ¿qué más da? Es tan real y cercana como si fuera un sueño ajeno. Por miedo. ¡Maldita sea!

miércoles

Leave me


 

Lo ví aquí. Gracias

¡Que sorpresa!

Sí, me he llevado una gran sorpresa. Resulta que una de mis blogueras favoritas desde hace bastante tiempo ha escrito (y publicado) un libro... que no he leído aún. Pero se remediará...

Ya tenía su "radio", pero como consecuencia de la promoción del libro, supongo, o gracias a ella, podemos poner (todo junto) nombre, cara y voz a... ¡¡Molinos!!. Si a Moli, la de Cosas que (me) pasan. La que está casada con el Ingeniero (creo que con el ingeniero más famoso de España, por cierto), la madre de las Princezaz y que junto a Molimadre, Pobrehermano(s), Molihermana, Molicuñado, Minicuñado, Littlered y algunos amigos, más la "chusma" de Montes  y ciertos compañeros (la mayoría involuntarios) de la empresa de los Libros de Colores, conforman un elenco que nos hace, de alguna forma, participar de su vida y sobre todo, reír. Reír mucho.

Moli, divertida pero razonable,  que tiene opinión sobre todo y sobre cada cosa, que pisa todos los charcos con decisión, que con sus depellejes consigue hacer atractiva, siempre al día siguiente, la más coñazo de las galas y sus recomendaciones de libros, muy para gafapastas, pero bueno...

Moli, con su cuaderno y su pluma, anotándolo todo. Y todo bien dicho, escrito, con un vocabulario especial, propio, pero que asumes rápidamente porque es lógico, es coherente y divertido.

Ah, y Bruce... Su adoración por él es tal que incluso, a los que no nos gusta, nos hace escucharlo pensando que estamos, seguramente, equivocados, que lo hemos oído poco, porque algo tiene que tener el Boss para despertar esas pasiones. 

Me he reído, me ha hecho pensar, leer alguna vez algún libro recomendado, pero siempre esperaré, por encima de todo, una foto de una gota de sudor resbalando por el canalillo. La imaginación es libre ¿no?

Enhorabuena, Ana. Ya te falta menos para... ¿Presidenta del Gobierno? Porque el límite lo pones tú.

Conocedla, o disfrutad de ella, de Ana Ribera, Molinos: Ver entrevista


Google, una relación contradictoria

La relación que mantenemos con Google se ve sometida a fuerzas contrarias de distinta intensidad: nos maravillamos con su buscador, con Gmail, su correo, o con los vídeos de Youtube. No entendemos Google+, ni los hangouts y nos fastidia el control y conocimiento que tiene sobre cada uno de nosotros. Pero es que, además, tenemos Picassa, Maps, Drive, Calendar, Blogger, Traductor… y por supuesto Android. No me gusta que sepa tanto de mi… pero no puedo prescindir de ellos. Y, además, enamora.

Sí, cada vez que da un paso más, nos seduce. A continuación de las “Google glass“, que no sé si admiro o temo, ahora, dentro de Google Earth, nos entrega “Google Oceans“.

Después de “carto/fotografiar” toda la tierra internándose hasta los más recónditos rincones, y propiciando, de paso, incluso nuevos descubrimientos arqueológicos realizados desde el salón de casa (por no hablar de la inmensa cantidad de curiosidades que a partir de sus fotos podemos encontrar en internet) le ha llegado ahora el turno a los mares y océanos de todo el globo, con la realización de un nuevo mapa virtual de los océanos.

Desde este momento podremos perdernos, navegando con nuestro ordenador, en las profundidades de los océanos de todo el mundo, con imágenes, en 360 grados, de los arrecifes de coral y de las especies que viven en ellos. Una recopilación de imágenes y datos para poder contemplar los mares del mundo, y poder apreciar su increíble belleza a la vez que su delicado estado, concienciándonos de la necesidad de su protección inmediata.

Como la propia empresa de Mountain View indica, con Oceans, podremos bucear bajo la superficie y visitar el lugar más profundo del océano, la Fosa de las Marianas, la Gran Barrera de Coral de la Isla Herond en Australia, o el cráter Molokini en la Isla de Maui en Hawai y nos permitirá explorar el océano con los principales expertos, como los reporteros de National Geographic, aprender sobre las observaciones oceánicas, el cambio climático y las especies en peligro y descubrir nuevos lugares en los que hacer surf o bucear visitando los lugares más interesantes y los naufragios más conocidos.

El impresionante listado de “partners” participantes en este proyecto, nos indica la capacidad de enganche de la que goza la empresa Californiana. Entre las colaboradoras, destaca Seaview Catlin para poder utilizar la tecnología de reconocimiento facial y así catalogar y clasificar a los animales y a las formaciones de coral que se han capturado en imágenes.

Ahora que el verano va finalizando, no guardes el bañador y prepárate para darte un chapuzón en cualquiera de los “Siete Mares”.  Disfrútalo

viernes

Nomofobia

Estamos en verano, esa época del año que se asocia a calor, piscina, mosquitos, paella y tinto de verano en el chiringuito de la playa, viajes, alguna pérdida de maleta… Es decir, vacaciones. Las deseadas, ansiadas y esperadas vacaciones. Hace unos años, uno empleaba las vacaciones para descansar, estar con la familia, disfrutar de la compañía de la suegra bajo la misma sombrilla, viajar y ejercer de turista, divertirse, vivir la noche Ibicenca, o Marbellí o de Villacañas si se tercia, pero divertirse… hacer, en definitiva, lo que no se podía hacer el resto del año. Era una liberación de obligaciones, una ruptura con el día a día habitual y disfrutar por un tiempo limitado, y que siempre parece demasiado corto, de aquello que nos apeteciera hacer.

Sin embargo, actualmente, lo que está de moda no es nada de todo esto. Ahora hay que desconectar. “Voy a desconectar de todo”, “Intentaré desconectar” y otras variaciones similares, son los propósitos más habituales, los que con más frecuencia podemos oír. Quizá es lógico si tenemos en cuenta que la mayoría de las cosas con las que trabajamos y convivimos a diario están “conectadas”. Ordenadores, videoconsolas, televisores, cafeteras, relojes, , fotocopiadoras, reproductores de vídeo y bluray, portátiles, tablets, teléfonos…

¡Eh!, un momento. ¿Hemos dicho teléfonos? Cuidado, cuidado con lo que afirmamos gratuitamente. ¿De verdad estás dispuesto a “desconectar” y prescindir de tu smartphone? ¿Seguro? Piénsalo bien… ¿Puedes pasar sin llamadas, sin mensajes, sin consultar el tiempo o el tráfico, sin correo electrónico, sin fotos ni cámara, sin Pou ni Candy Crush, sin Apalabrados, sin Twitter ni Facebook, sin agenda ni calendario, sin reloj ni alarma, sin Shazam, sin calculadora ni gps, sin radio, música o linterna? y ….¡sin Whatsapp! ¿De verdad crees que puedes? En ese caso…¡¡enhorabuena!! Eres de la minoría que no padece “nomofobia” y eres capaz de vivir sin llevar encima tu teléfono móvil y no sufrir, claro (Pero realmente… ¿eso es vivir?)

Pero sí, hemos dicho “nomofobia”. La palabreja viene -qué extraño- del inglés, de la expresión ‘no-mobile-phone phobia’ y fue acuñada durante un estudio realizado por la Oficina de Correos del Reino Unido para estimar la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles. Los resultados revelaron que casi el 53% de estos tienden a sentir ansiedad cuando “olvidan o pierden su teléfono móvil, se les agota la batería o el crédito, o no tienen cobertura de red.” De acuerdo con el estudio, alrededor del 58% de los hombres y el 48% de las mujeres sufre la fobia, y un 9% adicional se siente estresado cuando sus móviles están apagados.

Pero no es un estrés de andar por casa. La investigación demostró que los niveles de estrés son equiparables con los nervios que se tienen el día antes de la propia boda o de una visita al dentista. Y ¿cómo saber si tengo nomofobia? Veamos… Si te quedas sin batería una tarde ¿logras evitar la impresión de estar perdido, ilocalizable? ¿Puedes detener la sensación de que te vas a perder la llamada más importante de tu vida en esas horas? ¿Cuánto tardas, según sales del cine o del teatro, en encender el teléfono para revisar tus mensajes o llamadas perdidas? Bien, no te preocupes, nos pasa a casi todos y va en aumento. En los últimos cuatro años esta adicción se ha incrementado en un 13%. Y aunque queda mucho siglo por delante, la llaman ya “La enfermedad del siglo XXI”

Un usuario medio consulta su teléfono 34 veces al día. Teniendo en cuenta que muchos de ellos siguen haciéndolo solo ocasionalmente, es fácil hacerse una idea de la dependencia del teléfono móvil que tenemos los demás. Y claro, ante un bien tan preciado, y como ocurre con cualquier tesoro que se convierte en obsesión, el miedo a perderlo puede llegar a ser aterrador. Según el estudio, el 70% de las mujeres reconoce tener pánico, lindando con el terror, a perder su teléfono móvil, y le sucede lo mismo al 61% de los hombres.
En España, la fobia tiene un gran caldo de cultivo; el 96% de los españoles tiene móvil, cifra que supera a la registrada en Estados Unidos, China o Francia. Y, aún más, el 26% de los usuarios tiene dos móviles, y el 2% hasta tres teléfonos. El 33% de los españoles navega en Internet a través de su teléfono. España es el país con más teléfonos móviles por habitante, y casi 10 millones de españoles utilizan Whatsapp para enviar mensajes o fotos… Las mujeres y los adolescentes suelen ser más propensos a padecerla: los jóvenes de entre 18 y 24 años son los más propensos.

La nomofobia, según indican los psicólogos, se manifiesta en síntomas como inestabilidad, agresividad y dificultades de concentración (síntomas típicos de los trastornos de ansiedad), malestar general, enfado o inquietud, negación, ocultación y/o minimización del problema, sentimiento de culpa y disminución de la autoestima. Para superar esta adicción la clave es aprender a controlarse, desprenderse del móvil de forma gradual, afrontar de forma aislada las sensaciones y pensamientos negativos derivados de este padecimiento como pueden ser las crisis de pánico. Los adultos ejercen una influencia importantísima en la vida de los niños a través de su comportamiento y el ejemplo es fundamental así que situaciones tales como no poder dejar de usarlo incluso en los momentos de reunión familiar como puede ser compartir una cena o reunión, se convierten en un problema. Para prevenirlo, se recomienda a los padres evitar que los hijos tengan conexión a la red desde su habitación y establecer unos horarios para un uso correcto de las tecnologías. Hay que separar momentos. La noche es para dormir y, por lo tanto, el móvil debe de estar apagado; del mismo modo que la cena es para comer y no para estar con el móvil. Es necesario aprender a utilizarlo de manera responsable.

Entonces ¿seguro que quieres desconectar? A ver, sean sinceros y que levante la mano quién sea capaz de dejarse el móvil en casa y no tener un deseo irrefrenable de volver a por él.

 Y si no lo conocéis, echadle un vistazo al vídeo. Es genial. Y tan real…


sábado

Grillos sin brisa

Es  noche de verano. Solo grillos cantando en una quietud iluminada por una luna en creciente. Sin brisa, sin ruidos, solo calor. Y nostalgia. O quizá no, porque no sé si es posible tener nostalgia de algo que nunca se tuvo.
Es viernes noche, estoy solo. Y hoy lo estoy por voluntad propia. He rechazado todos los planes que me han propuesto. No tengo el ánimo predispuesto a compartir nada y no hay nadie con quien me apetezca compartir algo.
En pleno acoso de esa pseudo nostalgia, he recordado mi martirio de cada verano. Los anuncios de Estrella Damm. Sin embargo, como este es ¡ya! el tercer verano consecutivo que paso sin televisión, he ido primeramente a las páginas antiguas de este blog a rememorar los que tenía insertados. Me siguen gustando, y me siguen haciendo añorar muchas cosas que no he vivido. Luego, en youtube, he buscado los de estos tres últimos veranos. Aunque la calidad va bajando año tras año, la idea se trilla demasiado, siguen despertándome los mismos ecos. La misma envidia. ¿Por qué la vida no se parecerá un poquito más a la publicidad?


No puedo mirar hacia afuera. Tantos escándalos, tanta corrupción y podredumbre, tanta desfachatez, tanto robo... me deprimen hasta extremos increíbles. Nunca pensé que las circunstancias sociales nos fueran a arrastrar hasta el punto en el que nos están llevando. Y nunca pensé que eso me fuera a afectar tanto, a sentirlo tan personal, íntimamente. Jamás, ni en un millón de años, habría pensado que pudiera odiar a alguien tanto sin conocerlo. Y me refiero al equipo que nos ¿gobierna? como vasallos y que están arrasando con todo. Entre lo mal que lo hacen, lo que roban, lo que encubren, lo que venden que es nuestro y la cancha que están dando de nuevo a la iglesia, a esa iglesia que tiene que imponer sus criterios y creencias a machamartillo, porque este país es suyo, coño, que no nos enteramos, y todos debemos comulgar aunque sea con ruedas de molino.
Me enciendo. Me voy. Repito, como se ve, no puedo mirar afuera. Solo hacia dentro de mi. Y preguntarme, demasiado en estos días, "por qué?". Aún a riesgo de parecer Mouriño. Saltan esos "por qué" en mitad de cualquier cosa, en cualquier momento, lo que me hace sospechar que no estoy en mis horas más altas. Surgen cuando estoy trabajando en una pequeña habitación de un piso reconvertido en lo que eufemisticamente se llama centro de negocios, y yo estoy en lo que sería un dormitorio pequeño, con focos halógenos, una miniventana, y sin aire. Se pasa calor, mucho, nunca había trabajado en una oficina sin aire acondicionado. De hecho, es uno de los inventos del hombre blanco que siempre me han apasionado. Tuve un despacho con doble fancoil, lo que lograba bajar la temperatura a bajo cero, instalé aire acondicionado en mi primera casa, en la casa de mis suegros a la que íbamos a veranear, en mi segunda casa… Ahora vivo sin aire acondicionado ni en casa ni el trabajo. ¿Qué es una chorrada? Por supuesto. No es nada más que un signo de las tonterías que pienso, de las ironías de la vida, de las vueltas que va dando esto…
Bueno, me han interrumpido y he perdido el hilo y la idea. Ya seguiré en otro momento, porque… mañana será otro día.




Bueno, estos eran los tres que me faltaban por ver. Y por compartir.