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miércoles

“Va por ti” Relato

Dime.

Sí, tú, contéstame…

¿Será posible que, al fin, mis esbozos, mis dubitativos trazos realizados en el aire sin pincel ni papel, hayan cobrado forma, voz, cuerpo?

Desde siempre supe que existías, que tenías que existir. Que en algún sitio, en algún día de mi futuro, me estarías esperando con esa sonrisa contagiosa, simpática, cálida, amable, con esos ojos socarrones, brillantes y profundos.

Conocía tu aroma, aunque no supiera la marca de tu perfume. Saboreaba el dulzor de tu boca, la frescura de tus labios sin saber dónde encontrar ese manjar. Ya te deseaba, desde siempre, y ocupabas el papel protagonista de mis más ocultas fantasías. Te conocía aunque no pudiera describirte. Me conocía tu piel, suave, fina, y cada uno de tus poros sin haberte tocado jamás. Había participado en nuestras conversaciones, en nuestras risas comunes, en nuestras cómplices confidencias, sabía de tu vida ignorándolo todo.

Pero ahí estarías, esperándome. Ineludible, inevitable. Yo quemaba las semanas  y los años buscándote inútilmente entre las grises multitudes que me rodeaban, esperando ese destello de color luminoso que te delataría. Tenía la inquietud de no saber verte, de no reconocerte a pesar del convencimiento de la inexorabilidad, de la confluencia forzosa de nuestros caminos, determinada eones atrás por fuerzas inmensas y divinas.

¿Eres tú, al fin?

¿Ya ha llegado nuestro momento?

Dime, contéstame. Cuéntame si eres aquella a quien busco desde antes de nacer, ese ser maravilloso, etéreo hasta ahora, que me está predestinado y con el que nos complementaremos y completaremos de una manera perfecta.

Dime, contéstame. ¿Eres la mujer a quien, al fin, podré hacer feliz? ¿Aquella a la que podré adorar, admirar, amar, mimar? ¿Eres tú quien corresponderá a esos gritos de demanda hasta ahora sin eco?
Dime ¿eres tú?

Publicado originalmente en El Blogguercedario por Aspective el 1/2/12

sábado

Maldito miedo

Ayer la vi. Era ella, sin duda. Sin el menor atisbo de duda. Fue fugaz, intenso, increíble, onírico, irreal, maravilloso... pon la ristra de adjetivos que prefieras.

El lugar, el menos romántico del mundo. Una gasolinera. De prepago. Esta tontería hizo que tuviera que ir y venir, entre su coche y la caja, tres veces. Y las tres pasó a mi lado. Y me miró. Y yo no podía quitar los ojos de ella. Paralizado. Hipnotizado.

No te la puedo describir. Simplemente... hermosa. No sé si cumpliría los cánones actuales, los estándares de belleza al uso. Posiblemente no. Pero era mi sueño. Tal y como la había soñado innumerables veces, siempre despierto, hasta desesperarme creyendo, ya rendido, que no existía. Pero sí. Allí estaba. Pelo castaño claro, muy rizado y largo semioculto por una boina de lana, ojos verdes, nariz recta y pequeña, minifalda, piernas fuertes...ni alta ni baja. Simplemente perfecta. Diferente.

Ahora, purista irredento, me dirás que no la conozco. Que ni siquiera he hablado con ella. Bueno, supongo que según los libros tienes razón. Pero también esos libros dicen que han comprobado que bastan 2,8 segundos para que una persona se enamore. Y me sobró tanto tiempo... Hoy todas las demás mujeres que he visto me han parecido normales. Incluso aquellas que hasta ayer encontraba atractivas ya no lo eran.

Enamorado, si. Lo sé. Sí, lo sé. Y lo sé porque de golpe despertaron sensaciones que llevaban años dormidas. Tan aletargadas que creía muertas e imposibles de resucitar. De repente, lo que ya creía ajeno totalmente a mí, volvió, desbocado, a invadirme en segundos. El corazón acelerado, latiendo cada vez más rápido, la respiración rápida y breve, superficial. Imposible dejar de mirarla. Flojera en las piernas. Ilusión, durante un pánico. Y miedo, el viejo miedo escénico que tantas veces en el pasado me dejó inmóvil. Al igual que ayer. Me sentí de nuevo, niño, acobardado, miedoso, tímido, balbuceante... porque me di cuenta de que no podía hablarle. Fui consciente, de golpe, como un gran mazazo, de que tengo la edad que tengo y ella, mínimo, menos, veinte años menos. Me sentí viejo, muy viejo. Y tuve miedo, de nuevo, el viejo miedo. Miedo al rechazo, al estereotipo, a la risa, al desprecio. Miedo, miedo y miedo... y se fue.

Me sentí roto según se alejaba, consciente de que la probabilidad de volverla a encontrar por casualidad en cualquier sitio es ... inexistente. Luego pensé que podía haber hablado, me repetí mentalmente mil veces la escena con una infinita panoplia de variantes sobre qué haber dicho, cómo haberla abordado, como intentar un contacto, o al menos, la esperanza de tenerlo.  Pero, maldito miedo, me quedé allí, mirando como se iba. En silencio. Sufriendo ya su ausencia. Y luego me reí. De mí. No me fijé, siquiera, en la matrícula del coche. Ni en el modelo o marca. Solo que era rojo, algo deportivo y que resplandecía detrás de ella.

Llevo dos día sin quitármela de la cabeza. Repitiendo la escena mentalmente una y otra vez y ensayando todas la variantes que podrían haber sido. Pero no. No he podido concentrarme en el trabajo ni en la conducción. No me entero de la TV. Solo veo, una y otra vez su cara. Su cara. Su hermosa, maravillosa cara.

Me puedes poner tan verde como quieras. Te puedes reír hasta que te duela la tripa. Búrlate si es tu deseo, pero yo, ayer, me enamoré. De una entelequia. Porque existe pero... ¿qué más da? Es tan real y cercana como si fuera un sueño ajeno. Por miedo. ¡Maldita sea!

martes

Aire

Hola. Me gustaría conocerte. Sí. Sé que estás por ahí, por algún sitio, pero no te encuentro...

Ni siquiera estás escondida. Tienes tu vida, una vida normal, llena de risas, con amigos y familia. Vas y vienes al trabajo, sales a cenar y divertirte, entras, sales... vives.

Te imagino, no sé porqué, aunque evidentemente es una imagen de alguna película, en un parque, hablando con alguien que está fuera de foco, dando un par de vueltas sobre ti misma, riendo, inflando levemente el aire, el giro,  tu falda (de un largo que no se lleva, más de la peli),  mientras ríes y con una mano sobre tu cabeza sujetas algo ¿Un sombrero?  No logro distinguir tus rasgos, ni oír tu voz. La imagen es como una antigua foto movida, difuminada ligeramente. Pero transmite unas hermosas sensaciones. Sí, logro imaginarte, a medias realmente, y sé que existes. Pero llevo tanto tiempo buscándote… Siempre pienso en ti.

Te busco a mi lado cuando, ya raramente, salgo a pasear. Bajo mi brazo no hay nadie, te estoy guardando el hueco porque siempre ha sido tuyo. Aunque no siento tu calor ni el movimiento acompasado al mío. En invierno, cuando enciendo la chimenea y me arrebujo en el sofá, me sobra demasiado sitio. Es el tuyo, que sigue vacío y el calor de los troncos únicamente a mí me calienta. En verano, al chapotear como un niño en la piscina imagino que, como cuando era pequeño, salpico desde dentro empapando a los que están en el borde, mojándote a ti, que pones mohín de enfado y te lanzas a buscarme al agua con una sonora carcajada. Cuando por las mañanas me asomo a la terraza y, como cada día, el paisaje, su majestuosidad, me deja sin habla, te necesito conmigo para compartir toda esa belleza porque es demasiada para mí, me desborda. En las noches de verano, cuando me tumbo de espaldas en la hierba mirando las estrellas y el infinito cielo, negro, negrísimo, me causa, con su profundidad, en su distancia, un vértigo que me hace marear, busco tu abrazo para no caerme, para continuar aferrado a ese universo que me envuelve. Y caigo porque no estás. En mitad de la noche, cuando confuso despierto y busco el consuelo de tu cálida piel para pegarme a ti milímetro a milímetro, vuelvo a dormirme para evitar la pesadilla de no encontrarte. Cuando tengo una nueva broma, un chiste malo, cuando la congoja, sin motivo, me invade, cuando la alegría se me escapa por los poros, cuando cocino algo rico, cuando estoy a gusto, cuando no lo estoy, siempre, quiero compartirlo contigo y me giro y no te veo y te llamo, y el vacío se ríe de mi llamada.

Te encontraré, lo sé. Pero estás tardando mucho en dejarte ver y yo poco a poco me hago viejo…

viernes

Educar para evitar sorpresas

Hay cosas que prohibiría. Fundamentalmente por motivos de salud (pública, privada y mental). Y desde luego hay que mejorar la educación en las escuelas. Y no permitir ni una sola película de Jólivud más. Porque la conjunción de estos elementos distorsiona la realidad en gran medida y causa después grandes sorpresas. ¿Que a qué me refiero? Veréis:

Supongamos que eres un adolescente. Estás tonteando con una chica, preciosa, que cuando queda contigo se pone sus mejores galas –aunque estas sean unos vaqueros rotos y una camiseta descolgada, es la moda- Huele de maravilla porque entre jabones, desodorantes y colonias, hay que ser muy cerdo para no parecer una flor. Lleva el pelo limpio, reluciente, planchado –de nuevo la moda- increíblemente alisado después de un buen rato de trabajo con él y está permanentemente colocándoselo para que ni un mechón se sitúe fuera de su sitio. Su piel es el paradigma de la suavidad –y del precio, claro, porque entre cremas y depilaciones, lleva encima una millonada- y sus labios están siempre brillantes, apetecibles. Y además maquillaje, sombras, rimmel… y las pequeñas ayudas de los aros y el relleno estratégicamente colocados. Y claro, el adolescente, invadido por la testosterona, babea como un imbécil.

Ahora, gracias a H.G. Wells, viaja al futuro. Evidentemente ha pasado el tiempo (si no, no sería el futuro) y se encuentra conviviendo, bajo la fórmula que esté de moda, con la chica que le hacía babear.

Pero…, vemos al chico con una cierta cara de perplejidad. Parece que hay algo que ha cambiado, algo que no es igual, que no era exactamente lo que él había imaginado. Y no entendemos el porqué:

- La chica sigue poniéndose sus mejores galas, sí, aunque sea para ir a trabajar o quedar con sus amigas. Cuando está con él, en casa, el uniforme es el chándal más viejo del armario y unas zapatillas de ¿perritos? tan grandes que parece que calza un 64. Por las noches también va a la última moda con un pijama de felpa, con ositos de Disney y calcetines de lana.

- Como comparten el baño de la habitación, él puede comprobar que los jabones, desodorantes, perfumes, colonias y sales de baño siguen allí, pero como lamentablemente ella madruga más, y pasa al baño en primer lugar, el aroma que le recibe está mezclado con cierta fetidez irrespirable que le obliga a abrir los ojos y cerrar nariz y boca todo lo que puede- ¿pero qué comerá esta chiquilla?-

- Los labios siguen apetecibles, brillantes, gracias a esa babilla que por las noches le cae sobre la almohada que poco a poco va humedeciendo. Si al menos cerrara la boca o dejara de roncar –perdón, de respirar fuerte- la noche sería más llevadera. Y cuando el pobre chaval se lo comenta a la mañana siguiente recibe un tajante “Yo no ronco. Tú tenías que oírte, que haces vibrar toda la cama…” que le obliga a callarse prudentemente.

- La chica sigue conservando esa maravillosa melena larga, lisa, que por la calle pueden admirar todos, pues en cuanto entra en casa se agarra una coleta o se pone una pinza de las que tienen forma de boca de tiburón con dientes afilados. Porque es más cómodo. Lógico.

- Al despertar ya parece que se ha acostumbrado. Sin maquillaje, sombras, rimmel, “rouge”, etc., sin aros ni rellenos, la desconocida que se levantaba a su lado le produjo sobresaltos durante una temporada hasta que lograba recordar quién era. Ahora ya se le ve resignado. Lo ha asumido.

- Y la piel. La piel es como la seda, como el culito de un bebé. .. Siempre que le haya tocado depilarse hace poco porque, si no, los dedos del pobre chaval se enredarán con los rizos selváticos de las piernas al intentar hacer una inocente caricia.

Para evitar estas sorpresas hay que educar a los chavales –y prohibir las películas-. Hacerles ver que las mujeres también son humanas, no diosas, y que su cuerpo funciona igual que el suyo, con fluidos, deshechos y vello.

Que se deben enamorar de ellas por su carácter e inteligencia, por su simpatía y voluntad, no por esa carrocería de lujo que te muestran, pues es sólo fachada. Y porque si se acostumbran a admirarlas por esa fachada tan hermosa, cuando pasen unos añitos –y el tiempo no perdona- su gusto deberá cambiar y empezar a gustarle las carrocerías algo ajadas. Porque si sigue mirando las nuevas, las que en su momento le gustaron y conquistaron, recibirá una colleja y una dieta de “rincón de cama” al menos durante una semana.

¡Ah! Y sobre todo, se deberían prohibir los pijamas de felpa con ositos. Y perritos, gatitos, etc.


Ps.: Para evitar malentendidos, aclararé que esto no tiene nada que ver con mi experiencia personal, ni con mi mujer. Hablo de la educación de los jóvenes.

Cumpleaños especial

Hoy podría ser un gran día…

No, no voy de Serrat (porque no me negaréis que todos habéis seguido tarareando: “plantéatelo así”).

¿Que por qué podría ser un gran día?

Hombre, es viernes, y han pasado los calores del verano, que no soporto, ha llovido y la atmósfera está limpia. La vuelta al curro, que afortunadamente conservo (ya veremos el próximo martes…), está asumida y olvidado el síndrome postvacacional; no he cogido la gripe –de ninguna letra- y me encuentro bien….

¿Entonces?

Efectivamente, podría, pero dudo que lo sea.

Y es que hoy es “el” cumpleaños. Su cumpleaños. De ella.

Sí, ya sé que es el cumpleaños de muchísima gente. Pero hoy es el cumpleaños de ella y por tanto es especial. Hace que los 18 de septiembre pasen a ser días marcados de manera muy señalada en el calendario. Pero sin embargo, a pesar de que los cumpleaños los solemos asociar a fiesta, celebración, etc., el hecho de que sea el cumpleaños de ella me deja un poco… No sé. ¿Menos alegre? ¿Algo triste?

Hay tantas cosas por medio…

Pero en fin, las cosas hay que asumirlas como vienen. Y si no se puede hacer nada, no voy a estar luchando contra los elementos.

Hoy es el cumpleaños de ella, de mi suegra, ¡y tendré que darle dos besos…!