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miércoles

Hambre y ganas de... sexo

Hola. 

Encantado de tener la oportunidad de comunicarme con vosotros a través de este blog. Espero que nos podamos encontrar por aquí con frecuencia (si me dejan...) Lo primero, una cosita, para que nos entendamos en el futuro, ya que espero que sigáis leyéndonos en ocasiones posteriores, tenemos que dejar clara una cosa. Desde hoy mismo, desde ya y así no habrá malentendidos:

El sexo. Cómo percibimos el sexo, su concepto y necesidad, la forma de afrontarlo por hombres y mujeres. No es lo mismo, ni parecido... Es radicalmente distinto. Y eso crea un montón de problemas, de malentendidos, de agravios y de incomprensiones.

Cómo leía hace unos días en twitter y evidentemente dirigido a los hombres,  "Si quieres conocer un poco más a las mujeres, cómo sienten,  imagina por un momento que puedes tener sexo sólo con decir <quiero tener sexo contigo>. Bien, si has podido hacerlo, ahora las puedes entender un poco mejor". ( ¿De verdad has podido imaginar como puede ser eso?...)

Psssshhhhh. Silencio. Esas que protestan, que esperen un momento que se lo voy a intentar explicar con un ejemplo.

 Veamos. La actitud de las mujeres con respecto al sexo es como las que tienen las europeas con respecto a la comida. Siempre hay algo en la nevera. Siempre saben que pueden comer. No hay, por tanto, ansiedad ni verdadero hambre, como mucho, apetito. Quizás lo que tengan en la despensa no sea lo que quieren comer, ni lo que más les gusta, ni lo que les apetece en ese momento. Incluso puede que no les guste. Pero no van a pasar hambre. Y lo saben. Entonces pasan a otro nivel. Una vez cubierta la necesidad básica, entramos en el campo de las diferentes dietas, de los gourmets, de los buenos vinos, de los restaurantes de moda y los chefs elitistas. Se escoge, se puede pasar hambre, por propia voluntad, para perder unos kilos, se elige cuidadosamente qué se va a comer...


Pero los hombres son mejor como los subsaharianos. Saben que han comido ayer. Pero no tienen idea de cuándo van a poder volver a comer. Tengan hambre o no, de unos días o de mucho tiempo, el comer no depende de ellos. Por eso, cuando tienen la oportunidad, comen. Cualquier cosa. Aunque no sea sabroso, aunque no les guste, incluso. El instinto te obliga a comer, lo que sea pero comer,  porque... ni idea de cuando será la siguiente comida.¿Dietas? ¿Vinos exquisitos? ¿Platos de gourmet? Por supuesto que les gustan, se supone, porque la mayoría no los han podido probar. Aunque por supuesto hay algunos hombres que por altos, guapos, ricos, famosos o poderosos, pueden comer lo que quieran y cuando quieran. Y además, luego, en otra categoría, Julio Iglesias.

Hombres, no critiquéis a las mujeres por ser selectivas. No pasan hambre, salvo por elección y porque desean escoger el plato a tomar. No hay ansiedad ni les acucia el dolor de estómago.

Mujeres, no critiquéis a los hombres por pensar siempre en comer. Cuando se tiene hambre, no se puede pensar en otra cosa. Dadles de comer, tenedlos bien alimentados y luego podéis hablar, si queréis, de todo tipo de refinamientos o del "sursum corda". 

Hasta ese momento cada vez que os vean se imaginarán, tipo dibujos animados, un pollo asado, humeante, en un plato con su salsita y patatas.



jueves

En la hamburguesería

Estábamos comiendo en el McDonald’s o en el Burger King o en algún sitio de esos a los que vamos los papás divorciados los domingos para contentar al niño y ahorrarnos el guisotear en casa. Vamos, un sitio de esos insanos pero todos contentos.

Ya en la mesa, con nuestras respectivas bandejas y hecho el despliegue de patatas, kétchups, servilletas, etc. de rigor, echas un vistazo al local, que no se diferencia de otros, medio lleno, familias, papás y mamás (menos) con sus respectivos retoños y alguna parejita adolescente con pinta de estar aburridísimos.

Según vamos trajinando la comida en el orden preestablecido, mordisco de hamburguesa, puñado de patatas, trago de coca cola..., me fijo en que la puerta del fondo se abre y entra "Ella".

Es una mujer rubia, en la mitad de la treintena aproximadamente, con melena, pelo liso, estatura sobre uno sesenta y pocos, vestida de blanco y cara de ángel. No le puedo quitar ojo. Me parece bellísima. Ella recorre con la mirada el local, detiene su vista sobre mí durante un segundo más de lo esperado y continúa con el paseo visual. No debe de encontrar lo que busca y sale dirigiéndose al habitáculo anexo donde está el área de juegos.

No voy a dejar pasar la ocasión. Digo “ahora vuelvo” y me dirijo hacia ella, siguiendo la estela de su presencia. Efectivamente, está en el local de juegos infantiles controlando, sonriente, a un niño de unos cinco años. Me acerco a ella y con la mejor de mis sonrisas y ensayando para poner mi tono de voz más amistoso, amable y seductor posible, le digo: “Hola, buenas tardes. Si eres una mujer felizmente casada, habré vuelto a tener toda la mala suerte del mundo. Si ese es el caso, enhorabuena y discúlpame. Si por casualidad no son esas tus circunstancias, te rogaría me dejaras conocerte. Te pido por favor, que en ese caso, me des la oportunidad de saber quién y cómo eres, de disfrutar de tu compañía. No te quiero agobiar ni que pienses que soy un chalado, pero de verdad, me has impresionado. Toma, por favor, mi teléfono y mi dirección de email. Mi nombre es Á. Contacta. Atrévete, ¿qué pierdes con probar? Gracias y…

- Papá…, ¡papá!

- Estooo, humm, ehh,.. ¿sí, hijo? ¿qué quieres?

- ¿Me puedes abrir el sobrecito del kétchup, por favor?

- Sí, claro, como no….

Bueno, de nuevo la oportunidad se pierde y sólo en mi imaginación pude hablar con ella. Alguna vez lograré seguir a mi imaginación y levantarme de la silla. Mientras, sólo me queda soñar.

domingo

Por una mirada, un mundo

Me he preguntado en infinidad de ocasiones qué es lo que mueve el mundo. Qué empuja a las personas. Qué motiva a alguien para hacer algo. Qué fuerzas son las que se ponen en marcha para conseguir que alguien haga o intente una determinada meta. Hay, por supuesto, algunas respuestas fáciles, lógicas, tópicas y que creo son las que a todos se nos ocurren en primer lugar: dinero, poder, prestigio, posición, influencia... y ¿por qué no? el amor, el sexo. No sé tampoco el orden, pues realmente siempre he pensado que las primeras (dinero, poder, etc.) salvo raras excepciones, no son un fin en si mismas, sino una manera de llegar a ser el "macho alfa" de la manada y obtener así la posibilidad de apareamiento con el mayor número de hembras posibles.



O son simplemente tonterías, pues ni soy psicólogo, sociólogo, ni nada que se le parezca y ni siquiera he leído sobre el tema. Vamos, que son teorías (¿tonterías?) de pasillo y ascensor.



Pero a lo que iba. Siempre he creído también, que detrás, o además, de esas grandes fuerzas motoras, cada uno de nosotros tiene sus propios puntos "débiles" (es inapropiado el calificativo, pero no se me ocurre algo más acertado en este momento). Aquellos que por conseguirlos, por disfrutarlos o tenerlos es capaz de cualquier cosa y sin embargo es muy posible que dejasen "frío" al de la lado. Son fijaciones individuales, manías, metas propias, que no son compartidas por todos, por la mayoría de nuestros semejantes.

Y todo este rollo que me acabo de marcar es para contaros una de las mías. Algo falso, puesto que viene de una película, pero que de verdad me conmovió.


¿Habéis visto "Braveheart", la película basada en la biografía del héroe independentista escocés del siglo XIV, William Wallace? Dirigida y protagonizada por Mel Gibson en 1995, narra, como decía, la vida de W.W. desde que siendo un niño, toda su familia es asesinada por los ingleses, razón por la cual se fue a vivir lejos con un tío, hasta que regresa a su tierra después de muchos años de ausencia y encuentra a su pueblo, los escoceses, viviendo oprimidos por los gravosos tributos y las injustas leyes impuestas por los ingleses. Rebelión, luchas, vistoria, traición y muerte, todos los ingredientes para un drama épico de más de tres hora de duración que recobraba el mejor sabor del cine de aventuras de los 50. Arropada por una banda sonora inolvidable, una puesta en escena inmejorable, con escenas y momentos que no se olvidan nos dan una entretenidísima película que fue muy bien acogida, cosa extraña, por público y crítica.


Pues a pesar de todos estos valores, a pesar de mezclar mil ingredientes, a mi me obsesionaba, me obesiona una cosa en concreto, presente en un par de escenas: la forma en que Catherine McCormack (en el papel de Murron McGlannough, enamorada esposa de Willian Wallace), le mira con arrobo, con dulzura ,con un amor palpable, primero a través de la gente, en plena fiesta, en una de las escenas del principio, al regreso del que será el héroe, a su aldea. Y otra justo al final del film, cuando W.W. espera la ejecución de su sentencia, y ella se le aparece, imaginariamente, entre el público, ofreciéndole consuelo, apoyo y "esperándole".



Una mirada así, puede conmover un mundo, creo yo. Por una mirada así yo sería capaz de... capaz de todo, pues sentiría que no hay nada imposible. Con una mirada así clavándose en mis ojos, creo que tampoco necesitaría más. Sería el rey del mundo, el amo del universo, el dueño de todo lo que importa y sería, simplemente, feliz.














Al buscar imágenes para esta entrada, me he dado cuenta de que no debo ser, ni mucho menos, original con esta obsesión pues la abundancia de secuencias de esta parte de la película es increíble.

viernes

...y todos estos recuerdos...

“(…) Y todos estos recuerdos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia (…)”

Son las últimas palabras del replicante, (modelo)Nexus-7. Un monólogo, corto, fácil de recordar, uno de los más conocidos de la historia del cine, filmado en una extraordinaria ambientación por Ridley Scott para su película Blade Runner, a su vez inspirada en la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”.

Siempre me ha obsesionado esa frase. Empiezas a darle vueltas a la cabeza, a comerte el tarro (por supuesto) pensando en toda esa ingente cantidad de conocimientos, datos, experiencias que a lo largo de nuestra vida vamos acumulando en nuestro cerebro, casi de forma mágica (¿cómo cabe todo ahí?)
Y sin embargo, todas ellas, se pierden, se disuelven sin dejar rastro. Como lágrimas en la lluvia.

En una sociedad obsesionada por el reciclaje, por el almacenamiento masivo de datos, por la difusión instantánea de la información, quizá lo más valioso, lo más aprovechable se pierde. ¿Podríamos calcular qué cantidad de información útil, de recuerdos irrepetibles, de experiencias, se sensaciones se pierde cada día? Además de toda aquella que nuestro cerebro va desechando por la razón que sea.

Es una tontería, pero me obsesiona. Todo eso que sé, que pienso, que he vivido, no valdrá para nada. Toma ya.


Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto rayos "C" brillar en la oscuridad
cerca de la Puerta de Tannhauser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo ...
como lágrimas en la lluvia.
¡Es hora de morir!


domingo

Hoy y mañana y pasado...

Es domingo. Por pocos minutos pero domingo. Ha transcurrido mi primer fin de semana con el peke en casa, en mi nueva-vieja casa. Y ha sido un fin de semana excelente, lleno de actividades y sin un momento para aburrirnos. Ni él ni yo. Hemos contado con la visita de familiares, hemos ido a casa de familia, de amigos, él ha tenido cumpleaños, yo una relajada tarde de compras sin prisa, sin gastar demasiado, tranquila, satisfactoria. Han venido mis hijas, mi madre, la familiar dueña de la casa, hemos improvisado una comida para seis...


Además ya tengo ADSL y teléfono y he conseguido ver la TV sin tener que mover la mesita que la sujeta, por toda la habitación, buscando el ángulo correcto para poder ver determinado canal. Me han enseñado a planchar camisas, mis enormes camisas, que era mi única asignatura pendiente para ser autosuficiente como amo de casa. Aclaro que, que me hayan enseñado, no significa que yo haya aprendido ¿eh? No tiene nada que ver.


Hemos reido mucho, hablado, repasado cosas prácticas... y olvidado los sentimientos. Y ahora deben de estar ya dormidos, porque me sorprende la extraordinaria rapidez con la que me estoy haciendo a la idea del divorcio: me parece bien y me siento bien. No lo entiendo, la verdad.


Mañana por la tarde, después del trabajo, tenemos la primera cita con el abogado que, supuestamente, va a tramitar el divorcio. Tengo delante la imagen de mi primer divorcio, las tensiones, los nervios, la mala leche, muchas cosas negativas. Sin embargo para mañana no tengo nada de eso. Me parece bien. Yo, que no quería el divorcio, que me sentía... no sé definirlo, mal, resulta que hoy, ahora, no solo no me importa, sino que lo veo algo positivo, algo que me abre puertas a una nueva etapa que me ilusiona.


Contribuye mucho, muchísimo, a ello, el sitio. Es viejo, rústico, sin las comodides mínimas y en algún caso, ni las esenciales. La mitad de las cosas no funcionan, o rozan, o chascan, o se caen... pero me da paz, alegría, incluso esperanza. Optimismo. Me siento bien, me sienta bien. Y no echo de menos nada. Hoy. Quizás pasado mañana sea diferente, pero hoy ha sido, es un buen día. Y espero que mañana tambien lo sea. Y pasado. Y el otro...

jueves

Esta noche

Sólo, en mi nueva vieja casa.


Han pasado una docena de días desde la entrada anterior y muchas cosas han cambiado. La separación temporal se ha convertido en una demanda de divorcio.

Realmente no sé como se ha desarrollado el proceso, pero... ella lo quiere así. Empezar de nuevo. Sin mi. Sin mis problemas, ni lo que llevo conmigo.

Pero no quiero hablar ahora de eso. Tiempo habrá para analizar, pensar, juzgar, arrepentirse, o no, de todo ello. No. Quiero hablar de la soledad, del disfrute de la soledad. Por primera vez en mucho tiempo, en años, estoy relajado. No tengo que dar cuentas a nadie del uso de mi tiempo. Lo puedo perder o emplear como quiera sin que nadie me pida explicaciones o sin que yo me sienta obligado a darlas.

En un sillón, aplastado por innumerables años de posaderas presionando hasta convertir el relleno en un molde perfecto, mirando cualquier serie en la TV, fumando, pensando, estoy simple y llanamente relajado. No quiere decir que me sienta contento o feliz pues hay demasiadas incógnitas en el futuro cercano como para poder verme de esa manera. De hecho, ando más cerca de la depresión que de cualquier otro sentimiento. De la pena por perder, creo que injustamente, algo muy querido. Pero he dicho que hoy no va de eso. Hay una sensación nueva que me encanta. Sí, ya sé que parece una tontería, quizás lo sea, pero estoy a gusto. Sólo.

Mañana reiré, lloraré, me preocuparé, y sufriré. O no. Pero hoy, ahora, esta noche, estoy relajado.

viernes

Casa nueva, casa vieja. Anécdotas (I)

Entrar a vivir en una casa, vieja y deshabitada hace tiempo, presenta una serie de inconvenientes que hay que tomarse con humor. Aunque a veces uno tenga la sensación de estar protagonizando la película aquella de "Esta casa es una ruina".

Algunas cosas son tonterías. Como cuando entras a una habitación a oscuras y te lías a darle manotazos a la pared para encontrar el interruptor de la luz. De una forma automática tu mano va a la altura y distancia a que está acostumbrada y al no encontrarlo, pues eso a acariciar la pared hasta que aparece. Aunque te sientes un poco estúpido...


Otras veces es por la colocación o el tamaño. Como vengo siendo más bien alto, hay alguna lámpara o marco de puerta que siempre se meten en medio para que choques con ellos. La lámpara se puede subir, pero la puerta es más difícil. Y en casa sin casco... jodido.


En esta casa en concreto, también tengo un problema con las puertas, llaves y pomos. La casa tiene tres puertas de entrada, sin picaporte, pero con cerrojo y resbalón, que se abren directamente con la llave todas ellas. Por tanto, sin llave no se puede entrar. Has de tener cuidado cuando sales, aunque sea un pasito, fuera de la casa y darte cuenta de que llevas las llaves si no hay nadie más dentro. No como yo. Salí por una de las puertas no habituales, dejando la principal cerrada por dentro y una corriente de aire me cerró la que yo había utilizado. Estaba en el jardín, con la salida a la calle también cerrada, sin llaves, sin teléfono, sin tabaco (hay quien dice que esto último no es importante; porque no es fumador, claro) Me puse a llamar a gritos a un vecino, que no estaba, pero llegó, afortunadamente, en ese momento y me prestó el móvil para llamar a la familia para que alguien con copia de las llaves se desplazara para abrirme. Mientras, me eché una siestecita sentado en el suelo de la terraza. Pero es una sensación curiosa la de sentirte encerrado en tu propia casa sin poder entrar a ella ni salir a la calle. Y encima, claro, a aguantar los cachondeos ...


Pero también hay otras sorpresas. Estás sentado en el trono, en esa indigna postura necesaria, con los pantalones y los gayumbos en los tobillos y te inclinas un poco para apagar el pitillo. El inodoro (que fino soy) que no está bien anclado se menea ante el impulso de tu considerable anatomía y ¡zas! la tubería que va desde la cisterna a la cañería principal (por el exterior de la pared) se sale de su sitio y empieza a escupir agua como si se acabara el mundo. Buscas corriendo una llave de paso, pero eres nuevo y no conoces bien los secretos de la casa. Resultado, tú empapado de cabeza a pies. Tu ropa, acumulada en los tobillos, empapada también y el suelo con dos dedos de agua en un plis plas. Logras detener el desaguisado, secarte, cambiarte y recoger el agua del suelo, pero la sorpresa de recibir la rociada de agua helada... Eran las dos de la mañana y ¿os he dicho que la casa no tenía calefacción?


.

Reflexionando, o filosofando o algo de eso...

En una pareja mantener posiciones diferentes sobre cualquier tema, encontradas incluso, charlar sobre ellas, discutir, suele ser considerado algo positivo, constructivo. Es posible, sí, pues se pueden alcanzar acuerdos, consensos, puntos en común, aunque sea después de una agria discusión y una larga negociación.


Pero realmente esta afirmación tiene trampa. Estas posiciones de partida, que permiten un toma y daca de opiniones y argumentos y alcanzar acuerdos, sin que necesariamente deba de haber un perdedor serán positivas si versan sobre temas o acontecimientos futuros. Si hablamos de lo que pasará o podría pasar. Es menos cierto cuando hablamos del presente. La inmediatez, la prisa, suele crispar las posiciones y agriar los argumentos. En cualquier caso, si se logra llegar a un punto común, con ambos de acuerdo, sigue siendo constructivo.

Sin embargo, es total y absolutamente negativo si hablamos del pasado. Peor si hablamos de un pasado común. Ocurre cuando cada uno recuerda lo sucedido de forma distinta, con enfoques diferentes, o cuando, directamente, se reinterpreta el pasado y cada persona está convencida de que acaecieron hechos que no se parecen en nada entre si.

Y esto tendemos a hacerlo todos. Nuestra memoria dista mucho de ser un archivo perfecto. El pasado lo reescribimos y amoldamos a nuestro antojo, de forma involuntaria totalmente, para que case bien con nuestro presente, para ayudarnos a mantener nuestras posiciones actuales, como si siempre hubiéramos sido enteramente coherentes en nuestros actos y líneas de pensamiento. Tendemos, dicen, a olvidar lo malo y subrayar lo bueno, dibujamos de nuevo el cuadro, otorgándonos un papel más protagonista en los hechos positivos y quitándonos culpa en los negativos. Nuestra capacidad de olvido, de rediseño es tal que se termina casi siempre mirando con nostalgia atrás y pensando aquello de "todo tiempo pasado fue mejor".


Pero ¿qué hacer cuando en la pareja la interpretación de esos hechos pasados es fundamental para el mantenimiento del presente? ¿qué hacer si los cimientos que sustentan las razones actuales han sido deformados y adaptados según los deseos de uno o ambos de los contendientes? Cada uno examinará su pasado común y llegará a conclusiones diametralmente opuestas, sin que existan formas objetivas de prueba. Para uno aquello ocurrió, y fue así y fue bueno. Para el otro ni siquiera ocurrió, o si lo hizo pero de aquella otra manera y, desde luego, fue algo malísimo...


Con estos torcidos cimientos, no hay presente ni futuro que aguante: Cuando uno de los dos piensa que ha sido un santo durante toda su relación y el otro le acusa, casi, de asesinato moral; cuando uno piensa que han vivido una relación ,con dificultades, pero feliz, y el otro le espeta que ha sido un periodo terrible de su vida. Cuando uno cree que lo ha dado todo y el otro piensa que no ha recibido nada. Cuando un hecho ocurre, ocurre de una determinada manera y no de ninguna otra. Pero cada persona puede, pasado el tiempo, recordarlo de manera distinta. Y así es muy difícil, imposible, ponerse de acuerdo.


Reescribir el pasado para hacerlo fundamento y razón de lo que pensamos o queremos ahora, es algo natural e inconsciente. Pero algunos parecen, parecemos, unos verdaderos prestidigitadores de la invención. Da igual lo que haya que cambiar, se cambia y ya está. Y así no hay futuro que aguante.


jueves

Otro post tomado de "La novia de Papá"

De nuevo de uno de mis blogs favoritos, "La novia de papá" de Paloma Bravo, tomo prestado este texto. Realmente me "suena" mucho. Parece que me lo hubieran escrito a mi. Aunque no esté de acuerdo, esos argumentos, esas frases, las he oído muchas veces. Es un argumento, una excusa o una razón que me han espetado últimamente. Y aclaro que interpreto al protagonista indirecto, no al relator:



"Separación



Aprovecho hoy que estoy melancólica para ponerme seria (visto lo que ocurrió el día de "Sigue pasando", a algunos os gusto cuando sufro, sádicos que sois).

Quería hablar del vacío.
A veces eliges mal y aún así quieres bien.

Quieres bien y entonces quieres dando. Das porque es mucho más bonito dar que recibir. Das porque no sabes querer de otra manera.
A veces lo das todo y no te devuelven nada.



Y sigues dando porque quieres. Quieres dar y quieres a quien (te) das.



Pero al otro lado no hay respuesta y un día te levantas y no te quedan lágrimas porque no te queda nada.



Te miras al espejo y tus ojos están muertos. Buscas tu sonrisa y ha desaparecido. ¿Tu estómago? Negativo.



Te miras el ombligo y lo entiendes: donde antes tenías las tripas, el corazón y el alma sólo hay un enorme agujero negro, un gran vacío. Tiene nombre, el nombre de la persona a quien quisiste y a quien ya no puedes querer porque no tienes nada para darle.



Y, en silencio, sin lágrimas, sin nada o, mejor dicho, con esa nada que ahora eres, recoges tus cosas y te vas.



Pasarán unos días, unas semanas, unos meses y habrá gente que te irá llenando, devolviéndote lo que eres. Tu gente, claro.



Tus amigos que saben como te ríes y como haces reír, tu familia que recuerda lo que te gusta comer y lo que te hacía feliz de pequeño, tu perro que aún quiere lamerte porque a ti te gusta que te laman...



Te miras en ellos y cada día ves un poquito más de ti.



Y sigues sin mirar atrás y sin contestar sus llamadas, ni sus mails, ni sus mensajes.



Te devuelve ahora los mails que tú enviabas.



"Este amor sigue aquí", dice.



No es cierto.



No supo dar. No supo, sobre todo, recibir y ese amor murió y moriste tú durante un tiempo.



Ahora ya no.



Ahora cuando te miras al espejo, ya te ves.



(...)"


Y no se me ocurre nada interesante que añadir. Que parece que la autora hubiera hablado, en una larga charla, con alguien que conozco. Pero eso no es cierto, claro.


.

viernes

El día 1 después de

Hoy comienza el tiempo de después. Es el último y el primer día, la bisagra sobre la que gira mi vida. Hasta ayer, tenía una familia, atípica antes, normal ahora, de la que formaban parte mi mujer, mi hijas habidas en un matrimonio anterior y mi pequeño.


Hoy es distinto. Mi mujer y yo nos hemos separado. Hemos acordado aquello que eufemísticamente llamaron un "cese temporal de la convivencia". O nos hemos dado un tiempo, que dirían los más clásicos. Se ha ido de viaje, 5 días, al norte. Y se ha llevado al peque.


Mi hija mayor ha decidido que pasaba de movidas y se ha ido a no sé dónde a celebrar con su novio su primer aniversario. No seguirá viviendo conmigo porque me traslado demasiado lejos de su trabajo.


La mediana, agotada la primera parte de la semana santa, ha vuelto con su madre, mi ex, la bruja.


Y yo... Bueno, yo estoy solo en casa. Empaquetando mi anterior vida, la que ha transcurrido durante los últimos catorce años para llevármela a una nueva casa, a un sitio nuevo, pero conocido y querido, en donde intentaré establecer mi nueva residencia.


La decisión de esta separación es mía. Yo la necesitaba, la ansiaba pues me ahogaba entre mentiras, medias verdades, disimulos, maloshumores, comentarios desoladores y un futuro inexistente o, al menos, invisible. Sin embargo, recorrer la casa recolectando objetos, pertenencias, recuerdos, utilidades, necesidades... para meterlas en el maletero del coche y buscarles una nueva ubicación, es algo duro.


Cada objeto está ligado a momentos anteriores, a vivencias muchas veces olvidadas, que se dibujan de repente con fuerza en tu mente . Y muchas son positivas, felices, divertidas. Tienes que recordarte continuamente porqué te vas, porqué es necesario que te vayas.


La "ilusión" de una nueva vida en soledad, sin gritos ni portazos, sin falsas caras, sin camas kilométricas con desiertos entre los cuerpos que cobija, se ve coartada por estos recuerdos que te asaltan y las incógnitas de ese futuro que has escogido o te han obligado a escoger, en el fondo sin tú quererlo.


Estoy apenado. Estoy ilusionado. Estoy triste. Estoy melancólico. Estoy pesaroso. Estoy liberado. Estoy llorando e intentando sornreir. Demasiados estados para un solo cuerpo. Este, hoy, es mi mundo, bastante vacío pero lleno de gente que me quiere.


Hasta mañana
.

lunes

Cada mañana

Casi todos los días llevo a mi hijo pequeño, al "peke", al colegio. Nos tragamos un buen atasco que hemos aprendido a rentabilizar. Él desayuna en el coche (también merienda) y comentamos lo que dicen en nuestra radio favorita. Nos reímos juntos y, cuando está suficientemente espabilado, también jugamos a las "palabras encadenadas" o los "números enlazados" que son dos de sus distracciones preferidas para esos ratos que intentamos que no sean perdidos. También me cuenta lo que hace en clase, lo que le pasa... la verdad, son ratos muy agradables.

Pero tenemos que madrugar. Compatibilizar nuestros horarios me obliga a dejarle en el colegio de los primeros, cuando no el primero de todos, una hora antes de comenzar las clases. A él el colegio le encanta. Le gustan sus compañeros, sus amigos, su profesora, la comida y sobre todo, los interminables partidos de fútbol que en cualquier recreo disputan. Luego, es capaz de contarte todas las jugadas con pelos y señales... y algo de imaginación pues siempre es más protagonista que su nivel real de juego :) Pero él es feliz así.

Todas esta obligaciones hacen que vaya cargado como un mulo. Por una lado, la mochila con la agenda, deberes, material de escritura, etc. Por otro, una segunda mochila con todo el equipamiento deportivo correspondiente a ese día. Y por supuesto, el balón. Inseparable balón. Pero como digo, va contento, feliz, ilusionado.

Sin embargo, a esas tempranas horas de la mañana, cuando le dejo solo en el colegio, cargado, caminando hacia su "patio" no puedo sentir un puntito de nostalgia, de culpabilidad, una pequeña sensación de tristeza pues parece tan pequeño, tan desvalido...

Supongo que son los fantasmas de un padre baboso y las pocas ganas de que crezca. Y esa sensación (errónea, lo sé) de querer protegerle de todo. Pero te queda un regustillo amargo, algo irracional, pero...

"El otro lado" por Paloma Bravo

Entre los muchos blogs que me resultan interesantes, demasiados para seguirlos todos de una manera habitual, tienes que escoger aquellos que van a ser los de cabecera, los que vas a leer siempre que publiquen algo. Uno de ellos es "La novia de papá" de la escritora Paloma Bravo, que se autodefine así: Soy madrastra, periodista y autora de “La novia de papá” (Plaza&Janés). Este blog no lo escribo yo, lo escribe Sol Beramendi, la protagonista de mi novela. O sea, que es ficción y, por lo tanto, absolutamente real.


Yo, os recomendaría leerla, pero eso es vuestra decisión, por supuesto. Entretanto, he decidido compartir con vosotros uno de los últimos post publicados. Y los comentarios, que son tan ilustrativos en este caso. El post se llama "El otro lado" y dice así:



"Sol, te escribo desde el otro lado", dice Miguel. "Desde el lado oscuro de la fuerza, desde el lado frágil, desde el lado roto, desde el lado fuerte".


Y me cuenta su historia:


La hija pequeña de Miguel y Teresa, la tercera, tenía un año cuando él empezó a darse cuenta. O, mejor dicho, cuando se dio cuenta de que ya no podía ignorarlo: Teresa era infiel.


Tenía fácil la logística. En un hotel cerca de su oficina, en casa cuando él viajaba, fuera cuando viajaba ella...


Es verdad que llevaban muchos años casados, que ya acumulaban vicios, silencios, rutinas y cargas (la compra, las actividades extraescolares, los deberes...). Perezas.


Todo eso Miguel lo entendía, pero... Pero no conseguía encararla y preguntar. No quería una mentira. Y ella sabe mentir: "es dura, Sol, una ejecutiva con sueldazo. Y no quiero caer en el otro tópico, en el de las mujeres que mandan como hombres. Pero es lo que es: una mujer brillante, bien pagada, con su coche de empresa... Una mujer con más éxito que yo, que la persona con la que se casó".


Y Miguel intentó compensar ese desequilibrio y poner más en el otrolado: en el cole, en la compra, en los médicos... En el otro lado del éxito.


"Quizá me consideraba un fracasado, quizá no soy lo que ella quería, pero habíamos vivido juntos todos esos años, habíamos tenido tres hijos, y nunca se quejó, nunca dijo nada. Podría haberlo hecho. En su trabajo no duda..."


Al final Miguel preguntó y ella mintió. Sabían los dos que estaba mintiendo. Mientras, Miguel confirmaba que su infidelidad tenía nombre desde hacía ya dos años.


Y Miguel empezó a imaginar lo peor: la custodia... Un juez imprevisible y ella peleando a muerte.
Miguel no se atrevía a separarse y se callaba. Se callaba y se quedaba. Se quedaba callado.


Tampoco hablaba ella: no se quería separar, no lo quería arreglar.


Y no lo hablaban, y no lo arreglaban, y lo arrastraban, y lo engordaban.


El silencio creció tanto que ya no cabían todos en la casa y Miguel se fue. Se fue al infierno que había imaginado: peleas, jueces, custodias... Del silencio pasaron a los gritos. De los gritos otra vez al silencio, a la tristeza.


Y Miguel sonríe ahora cuando tiene a los niños con él y calla, triste, cuando no están. Pero al menos ya no le duele todo el cuerpo.


"Aún no soy feliz, Sol, pero estoy más tranquilo, la verdad. Y sé que la felicidad va a llegar. Disfruto de los niños, del deporte, de mi vida y paso mucho tiempo solo, dejando pasar los días. En algún momento dejaré de contarlos y dejarán de pasar, los agarraré y los viviré a fondo. Lo que pasa es que todavía hay muchas veces en que, con el teléfono apagado, los niños con su madre, la casa en silencio, echo de menos nuestra vida. Y sé que lo que añoro no es la vida que tuvimos, sino la vida que soñamos, la que creímos tener..."


Miguel cierra su historia con un dato: "más de 120.000 matrimonios se rompieron en 2010. Más de 240.000 personas. Más de 240.000 tragedias". Y yo discrepo: muchas tragedias, sí, también mucho alivio, mucha mejora, mucha paz, mucho futuro.







También quiero compartir algunos de los comentarios, que me han parecido ilustrativos:




- "Soy un miguel" pq durante 2 años y medio lo he sido. Pero quizas en mi caso, un poco mas cretino, guebon y conformista.Ya han pasado casi 5 meses desde que ella, un dia despues de haber estado juntos en una tienda de muebles sueca, acaramelados, siendo felices y comiendo perritos de un euro, comprandola caprichitos estupidos en esa tienda, al llegar de trabajar yo (ella estudiante mantenida por su familia) me dijera "tenemos que hablar" y 3 minutos despues ya estuviera buscandose piso.Cretino por no verlo venir y creerme a salvo de todo.Guebon, por no reaccionar como un hombre, y callarme y llorar.Conformista por no ser capaz de haberme vengado sentimentalmente.
Miguelon! Asi es como deberia llamarme.
Pero Miguel, si lees esto, ole tus cojones, la vida sigue, preocupate por ser feliz con tus hijos y olvidate del resto.Yo no tengo hijos, pero mi perra me esta salvando la vida. Un abrazo!!" (varón)



- "Yo también sentí como Miguel el inconsolable dolor de perder lo que podía haber sido y no fue." (varón)




- "Historia de un calzonazos que no valor para pagarle a ella con la misma moneda, ni tuvo valor para sacarle todo el dinero que pudo mientras él estaba casado (era el quien administraba la casa), ni para poner a los críos en su contra (también era el quien se encargaba de ellos), ni para desaparecer y ahorrarse pensiones y gastos de juicio, además, todavía la echa de menos. Patético. No me da ninguna pena, se merece estar como esta." (mujer)



- "Sol, tengo un nudo en la garganta. Creo que soy la ex de Miguel. Y si no lo soy, me parezco mucho. Tengo el mejor esposo de este mundo, pero otro ser me llena la vida de toda la pasión y magia que el tiempo me arranco a pedazos. No tenemos hijos como excusa para no separarnos, para callarnos. Pero aun así, sigo mintiendo y el sigue callando. No quiero herirlo más separándome …o quizás no sé si será el mayor error de mi vida cambiar algo hermoso y seguro por algo incierto, aunque lleno de pasión y mil motivos. El vive con la esperanza de que todo volverá a ser como antes y yo vivo anhelando tener una respuesta del universo, una señal que me indique el camino menos atormentado para todos" (mujer)



Hay más comentarios en el blog, por si os interesan...

Me gusta aunque sea publicidad

Sí, es sólo (con acento, lo lamento) publicidad.
Es una manipulación de nuestros sentimientos.
Es una falacia, pues se podrían dar muchos datos argumentando justo lo contrario.
Todo lo que querais, y será cierto. Pero me gusta, me conmueve y me hace sentirme mejor, un poco más optimisma y durante 1 minuto y 31 segundos me lo creo y me permite olvidarme del jodido día a día.






PS.: Evidentemente las contestaciones llegaron. Por ejemplo, esta desde Méjico.

jueves

Sueños amargos (Relato)

Según la frase de Lennon que figura al pie de esta página del blog, la vida es eso que te pasa mientras tú estás ocupado haciendo otros planes.


Eso le sucedió a Javier. Su historia es una historia más, normal, casi vulgar, de amor, desamor, cuernos y vergüenza. De desesperanza y desánimo después de acariciar el cielo con la punta de los dedos.


Era Javier un divorciado de mediana edad, con hijos, y con un futuro que no era blanco ni negro. Simplemente no veía lo que había en él, no sabía lo que podía esperar de la vida ahora que, por fin, se había quitado de encima a la que durante tantos años había sido su compañera y que había convertido su vida en un infierno latente, sin grandes llamaradas pero con brasas que quemaban constantemente. Cuando al fin dio el paso, difícil, complicado, incomprendido, sintió un alivio, una liberación difícil de describir para quien no la haya vivido. Y ahora se debía enfrentar a un futuro ignoto, lleno de dudas y con sus hijos, cuando le tocaban, como compañía.


Sin embargo, la vida se empeñó en recrear el cuento de Cenicienta (¿o era Blancanieves ohummmmm... la Bella Durmiente?). Bueno, ya he olvidado cuál era, pero lo cierto es que comenzó a vivir un cuento de Disney. Conoció a Edurne. La primera vez que la vió se quedó mudo, sin poder articular palabra pues esa era la mujer con quien había soñado toda su vida. Increíble toda ella, poro a poro, centímetro a centímetro, era su mujer perfecta.


Se las apañó para que los presentaran, para poder conocerla y mediante una hábil maniobra, poder pasar, justificadamente, tiempo juntos. Pasaron unos meses, con un transcurrir del día a día satisfactorio, mucho, pero con un futuro negro. Su relación, platónica, iba a tener que acabar pues tenía fecha de caducidad.


La pena le invadía pues creía haber encontrado en ella esa media naranja de la que hablan por ahí. Ella era su amiga, amante, cómplice, compañera, su mujer.


Y Disney siguió haciendo de las suyas. A escasas horas del límite marcado, el guión hace una filigrana y con gran esfuerzo y estrépito y muchas facturas morales que pagar, el ultimátum desaparece y se abre ante ellos un futuro de cuento: perdices, felices…


Javier estaba en una nube, sin creerse su suerte, sin poder aceptar que por una vez, el destino había echado los dados y habían salido seises Sus seises.


Correspondido, comenzaron una luna de miel. ¿Dificultades? Muchas. Todas. Falta de apoyo del entorno cercano de ammigos y familia, escasos recursos económicos… pero todos estos problemas no eran sino anécdotas que día a día se vencían gracias al amor, a la alegría, a las ganas de vivir. Edurne era una mujer vital, risueña, alegre, que contagiaba su amor por la vida y conseguía que cualquier tarea que emprendieran juntos, por muy trivial que fuese se convirtiera en una fiesta, en algo grato de llevar a cabo, en algo que, siempre, acababa bien.


El tiempo fue pasando. Javier seguía en su nube, viviendo una felicidad que a estas alturas debía de ser ya irreal, y sin darse cuenta de que poco a poco Edurne comenzaba a marchitarse.


Una enfermedad, operación, convalecencia, larga convalecencia, seguida de fuertes problemas anímicos para recuperarse tras la operación, fueron el primer aviso de que la luna de miel había finalizado. Por su culpa. Por no saber dominar los efectos secundarios de esa cirugía, Edurne estuvo a punto de irse de casa en varias ocasiones. Sólo los hijos, las lágrimas y los ruegos consiguieron retenerla.


Obligado a salir de su marasmo, Javier tomó unas grandes y graves decisiones con respecto a su futuro, haciendo que este pasara a ser de unas tonalidades demasiado oscuras, sin nada claro en su interior.


Y comienza un período de desgaste. Problemas económicos, familiares, laborales, todos ellos a un tiempo van haciendo mella en Edurne. Sin embargo Javier, viviendo aún en su nube de amor no es consciente de todo. Sólo se percata de parte de lo que sucede. Él sigue el transcurrir diario pensando que todo es perfecto y dando gracias a los dioses y a Disney por dejarle vivir la historia que estaba protagonizando.


Este periodo, de varios años, los cambia a ambos, sin que ninguno sea consciente de este alejamiento que se va produciendo, demasiado ocupados en solventar los problemas de cada día. Para abundar más en el lado negativo, una rara enfermedad hace mella en Edurne que se siente incomprendida, a veces inútil e impotente y siempre desplazada.


Sin embargo, Javier, con una exquisita falta de sensibilidad continúa viviendo feliz, ajeno a la realidad que se ha creado a su alrededor, sabiéndose sólo mirarse el ombligo.


Y mientras el tiempo pasa y la relación se deteriora abriendo huecos por todos los lados, Javier desaprovecha una tras otras las oportunidades que se le presentan de intentar reconducir la relación. Al ignorar los problemas, no reconoce las soluciones.


Pero este proceso, finalmente siempre acaba por estallar.


Edurne, un día, encuentra a alguien que la escucha, la mima, la oye, la trata de nuevo como a una reina. Y cae prendada de Él. No quiere hacer daño, no quiere renunciar a su familia, pero es incapaz de decir no a quien le hace sentir viva, deseada, mujer otra vez, alguien que consigue que la sangre fluya con fuerza a impulsos de un desbocado corazón sólo con estar cerca de Él.
El drama es fácil de imaginar.


Ella en medio, Javier, con sus nuevos cuernos, destrozado, y Él, esperando, desde la comodidad de su situación en segunda fila, pero con una presencia permanente en primer plano.


Se buscan soluciones, se hacen promesas, se incumplen todas, la confianza vuela hacia parajes lejanos, las mentiras se hacen cotidianas. Nadie se atreve a tomar las medidas que habría que tomar porque hay daños colaterales indeseados.


Pero ahí están Edurne y Javier, que un día tocaron el cielo con la punta de los dedos y ahora tienen los pies en el infierno. Y no hay ninguna solución.


Por eso esta historia, es una historia vulgar, una más que escupir a la cara de Disney que siempre nos engañó con finales felices.

lunes

El abuelo y La nevada. Fin de semana

Como he dicho alguna que otra vez, hay siglos en que no está uno para nada... ¡Menudo fin de semana! y yo me lo quería perder.


Por supuesto tenemos la nevada. Estoy hasta las narices del calentamiento global que a mi me congela, de los metereólogos que saben que tiempo hará dentro de cincuenta años pero no pueden precisar el tiempo del invierno (este iba a ser un invierno especialmente seco, la madre que los parió...)


La nevada, vista desde la ventana de mi salón, con la chimenea encendida, es conojonuda, preciosa... Cuando ese mismo día tu hijo se despierta, en plena nevada, con 39,6º de fiebre, y lo agarras en pijama lo metes en el coche y rumbo al hospital... la cosa cambia.


Entre los que no avisan, los que no hacen caso, los imprudentes, los torpes, los... yo que sé, el llegar hasta el hospital (está a sólo 12 km. por autopista) se convirtió en una prueba difícil de superar: nieve, hielo, coches cruzados que no arrancaban, coches empotrados contra cualquier obstáculo, coches que al no llevar cadenas, resbalaban, coches que habían parado en cualquier sitio (literal, incluido el carril central de la autopista) a poner las cadenas. Por si alguien con algo de autoridad en el tema tráfico lee esto, no confesaré las pirulas que tuve que hacer para llegar hasta el hospital. Baste decir que en esos 12 km. tardé hora y media, y muchas veces llegué a pensar que tenía que dejar el coche tirado y llevar al niño en brazos hasta el destino. (Por cierto que vi a una señora hacerlo. Olé sus huevos)


Al menos en el hospital no había nadie. Durante el tiempo que estuvimos, llegamos nosotros, la madre con el niño en brazos y otro niño que trajo la guardia civil. Ni siquiera el relevo de médicos o enfermeras (ni el pan a la cafetería, por cierto).


Afortunadamente, lo hemos vuelto a coger a tiempo y con antibiótico se le debería pasar en diez días.

Bueno por no aburrir, únicamente contar lo que me hizo comenzar con mal pie el fin de semana:

Al bajar a comprar el viernes tarde al super cercando, al de todos los días, la cajera de siempre, intentando ser amable y simpática le dice a mi hijo de cuatro años


-¿Y quien se va antes a la cama? ¿Tú o tu abuelo?


¿¿TU ABUELO?? ¡¡COHONE, QUE SOY SU PADRE!!


Vale, que no estoy muy joven y que la barba blanca ayuda a echarme años, pero joder que me mandó la moral a tomar por saco y encima no me salió ni una palabra. Ni para mandarla a la ....