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martes

Maruja y Miguel. Relato (Blogguercedario).

Alguna vez os he comentado mi participación en el Blogguercedario. Se trata de escribir un texto, extensión y tema libres, cuya única condición es que su título sea la última frase del relato anterior. Este es el mío de esta semana. Espero que os guste:


Porque nunca me había manejado bien en esas situaciones. Me consideraba un “torpe social”. Conseguir decir los tópicos adecuados en embarazos, bodas, entierros, bautizos, cumpleaños y demás situaciones, se me hacía muy cuesta arriba. En mi mente las planteaba bien, claramente, pero la lengua luego se me tornaba torpe y terminaba balbuceando bajito y atropelladamente, la mitad de lo que había planeado.

Una mujer desconocida, vestida de negro de la cabeza a los pies, me abrió la puerta y me cedió el paso. Me interné, a través de un largo pasillo, hacia la habitación que se abría al fondo y de la que surgía un murmullo monótono, femenino, escalofriante. Me quedé plantado en la puerta recogiendo, absorbiendo lentamente la escena. Un corro de mujeres, ataviadas de similar manera a la que me había abierto la puerta, sentadas en sillas, musitaban lo que supuso era una oración, que se veía interrumpida con frecuencia por sollozos, hipidos y ayes desgarradores. En el centro, y entre cuatro grandes velones que llenaban el aire de olor a cera, se encontraba el féretro, abierto, en cuyo interior reposaba el cuerpo de un varón como de unos ochenta años. Ataviado con traje negro -¿sería el de su boda?- camisa blanca, y corbata negra, conservando aún una buena mata de pelo todo blanco, y con una expresión adusta que desdecía el cliché de la placidez de la muerte, le habían colocado alrededor de la cabeza, como si le pudiesen doler aún las muelas, un pañuelo blanco para sujetarle la mandíbula. Miguel.

Rápidamente eché un vistazo buscándola y allí, semiescondida entre las plañideras, la localicé. Maruja. Pequeña, frágil, más anciana que nunca, con un pañuelo oscuro en la cabeza, era la única que no lloraba, que no rezaba. Simplemente miraba, con inmensa pena a Miguel. A su marido durante tantos años…

Recordé la primera vez que les vi. Hace muchos, muchísimos años. Iba yo con mis padres de visita, de esas visitas que antes se hacían los domingos, a casa de unos familiares lejanos. Nunca conseguí ubicarme en el parentesco que supuestamente nos unía (¿he dicho ya que soy un torpe social?). A pesar de tener una edad similar a las de mis progenitores, él, ella, eran algo así como tíos segundos de mi padre. Por aquello de las familias extensas que hace tiempo existían, él era el hermano pequeño, mi abuela la hija mayor de dos primas o no se qué. Noté alegría en mi padre al saludar a Miguel, al que para facilitarme las cosas, me dijeron que llamara simplemente tío. Mi tío Miguel. Me presentaron a Maruja, su mujer. Nunca supe cuál era realmente el nombre de Maruja. Simplemente era Maruja para todos.

Yo estaba convencido de que mis padres se querían. De hecho, en aquella época estaba convencido de que todos los matrimonios se querían, pues estaban casados ¿no? Que sencillo y claro es el mundo cuando eres pequeño… Sin embargo en esta pareja noté algo especial, algo distinto que por supuesto no supe definir. Estaban permanentemente pendientes el uno del otro. Sonreían mucho. Se sonreían mucho el uno al otro. Miguel, alto, fuerte, poderoso, con voz de trueno, le gastaba bromas continuamente a Maruja, riendo con ganas, con unas carcajadas que luego, años más tarde, cuando Papá Noel desembarcó en España, le copió. Ella, Maruja, pelirroja en una época en que ese color era desconocido, le protestaba las bromas riendo aún con más ganas. Era fácil sorprender una mirada brillante, cómplice, entre ellos.

Me sorprendió mucho que él se levantara para poner la mesa con ella para la merienda que íbamos a tomar. Le hablaba de una forma especial, no supe cómo explicar, pero era distinto de lo que yo veía en todas las casas. Muy dulce.

Él, Miguel, a pesar de tener, como he dicho, la edad de mi padre, era un estupendo compañero de juegos. Era la primera vez que encontraba a un adulto, esa rara especie incomprensible, que de verdad sabía jugar. Y lo pasé en grande. Además, tenía un palomar y me enseñó cosas muy interesantes y ¡pude coger una! Maruja nos había preparado una merienda riquísima. Y me daba conversación haciéndome participar, y sabía preguntarme, además de “¿Qué tal en el cole?”, cosas que me permitían explayarme, algo desacostumbrado en mi.

A lo largo de los años todas las veces que les vi saqué la misma conclusión. Eran un matrimonio feliz, les gustaban los niños, se encontraban muy a gusto el uno con el otro. Lo único que me extrañaba era que no tenían hijos en una época en que la cifra normal eran, al menos, tres.

Un día le pregunté a mi padre, el cual, quizá considerándome ya mayor para entender algunas cosas me explicó:

- Miguel y Maruja son primos. Primos carnales. Y para poder casarse han tenido que pedir un permiso especial al mismísimo Papa, que le autorizó a contraer matrimonio con la condición de no tener hijos, porque como son primos y tienen la misma sangre, pueden nacer tontos.

En su día aquella explicación me dejó bloqueado, ya que no dejaba de estudiar en el colegio, en Religión, que el objetivo primordial del matrimonio era criar hijos para el reino de los cielos.

Los años fueron pasando, todos fuimos envejeciendo, pero nunca se apagó el brillo de la mirada que se regalaban el uno al otro. Siempre haciendo las cosas juntos, con una naturalidad que hoy en día todavía perseguimos. Pasaron épocas malas pues el dinero no abundaba y la enfermedad se cebó en ellos. Miguel había trabajado en una cantera y el polvo de mármol, el maldito polvo, se había infiltrado poco a poco en sus pulmones. Pero también eso pudieron superar juntos y sin perder la sonrisa.

Hoy, me parece una putada inmensa haber tenido que vivir en esa época. Haber vivido bajo el yugo de una religión que te imponía, por la fuerza, sus convicciones. Con un régimen político que te obligaba a comulgar con esa iglesia. Con una sociedad acomodaticia y miedosa que obedecía sin revelarse. Me da pena por unos niños que nunca nacieron y que hubiesen tenido unos padres maravillosos.

Miré de nuevo a Maruja. La única que vez que había comentado el tema con ella, me había reconocido que su vida había sido feliz, muy feliz, con Miguel y que la única pena que tenía en su vida era no haber tenido hijos. Solamente esa vez vi lágrimas en sus ojos.

Allí estaba. Despidiéndose de Miguel. Mirándole como siempre. Sintiéndose sola por primera vez en su vida. Me acerqué hacia ella para intentar abrazarla y musitar alguna condolencia mientras en mi fuero interno albergaba la sensación de que ella no iba a tardar en seguirle. Creo que Maruja no iba a saber, no iba a querer vivir sin él.

sábado

¿A quién adoras?

En la sección de cartas al director de un diario gratuito, el 10 de octubre D. Juan Gómez Vadillo firma la siguiente carta:

“Muchos sonreirán al leer que una niña de seis años haya sido proclamada diosa en Nepal. Pero no son pocos los que consideran muy válido a un Dalai Lama elegido de modo parecido en el Tíbet. Y más curioso todavía es que sean aún más los que sonríen con aires de superioridad antes esa elección, tras reñida competición, de una niña de seis años, sana y guapa, viva y actual, que quizá pudiera algún día ayudarles en algo, pero no dudan en tener como divinidad a algún muerto de hace muchos siglos o incluso milenios. Es el clásico ver más la paja en ojo ajeno…”

Y no han acusado a los nepalíes de pedófilos de milagro. Pero en cuestión de dioses mejor no meterse.
Al Sr. Gómez, firmante de la carta, le deben haber declarado anatema en ciertas páginas con algunos de cucurucho blanco y cruz ardiente buscándole y tal vez se habrá emitido ya una fatwa, con su condena eterna, por el ayatolá de turno.
Puedes convertir en tu dios el dinero, el éxito, la droga, la imagen, las mujeres (u hombres), el sexo, o el rock & roll. Puedes adorar a la estrella de cine o de la música que esté hoy de guardia pero no puedes elegir, ni democráticamente, a una diosa de seis años. Quizá por que está en Nepal.
Por cierto, sobre el Dalai Lama hay una entrada muy interesante en El retorno de los charlatanes

miércoles

Solo para ateos (abstenerse creyentes)

A través del blog de Centinel, una de las visitas que os recomiendo encarecidamente, llego a la página Maikelnai´s blog en el que encontramos la traducción de unos aforismos (para camiseta y pegatina de coche) típicamente USA: "Los 50 mejores aforismos ateos". Os copio a continuación los, a mi juicio, mejores. Si queréis ir a la página original está aquí:
  • ¿Demasiado estúpido para entender la ciencia? Prueba con la religión.
  • Hay UNA RAZÓN por la que los ateos no estrellamos aviones contra los edificios.
  • “Adórame o te torturaré por toda la eternidad. Que tengas un buen día”. - Dios.
  • Dios no mata a la gente. Eso corre por cuenta de los que creen en él.
  • No confiaría en tu dios ni aunque existiese.
  • La gente que no quiere que se rían de sus creencias no debería tener creencias tan graciosas.
  • ¡Amenazar a los niños con el infierno mola!
  • Dios no existe, así que supongo que eso significa que nadie te ama.
  • Dices “hereje” como si fuese algo malo.
  • “Diseño inteligente” Ayudando a que la gente estúpida se sienta inteligente desde 1987.
  • Si Dios quería que creyésemos en él ¿por qué inventó la lógica?
  • Rezar es una forma de esquizofrenia políticamente correcta.
  • Lo olvidé - ¿En qué día creó Dios todos los fósiles?
  • Si nos hizo a su imagen y semejanza, ¿entonces por qué no somos también invisibles?
  • JESÚS TE SALVA … de pensar por ti mismo.
  • ¿Cómo puedes no creer en la evolución si ni siquiera puedes definirla?
  • Dios está ocupado ahora mismo. ¿Puedo ayudarle yo?
  • Si Dios hubiese tenido la intención de que fuera a la iglesia me habría dado un culo más gordo para poder sentarme y un cerebro más pequeño con el que pensar.
  • No vengas a rezar a mi escuela y yo no iré a pensar a tu iglesia.
  • ¿Quién eres tu para cuestionar el que tu dios no quiera que yo crea en él?
  • No creo en Dios. Puedo ser maniaco depresivo pero no estoy tan loco.
  • Cuando llegue el día del juicio ¿puedo quedarme con tu coche?

Que nadie se ofenda. Y si se ofende, peor para él. No haberlo leído, te lo avisé en el título.