jueves

Viva la Seguridad Social

Soy un firme partidario de un sistema médico público y universal. Es, en mi opinión, una solidaridad real el que nadie se quede sin ser atendido por carecer de recursos, aunque el tratamiento que necesite sea enormemente caro. ¡Viva la Seguridad Social! Pero hasta ahí, porque no me gusta ir al médico. Y supongo que es algo generalizado, que no soy un bicho raro por eso. De hecho solo hay tres cosas que consiguen que vaya a ver a los doctores:

- Una urgencia. No tienes más remedio y ahí no te planteas nada. Vas y punto.
- El miedo. Estás empezando a notar algo grave, que te asusta y finalmente el miedo es más poderoso que tu impulso y finalmente vas.
- Mi mujer. Suavemente, poco a poco como la gota que lenta pero inexorablemente va cayendo sin pausa. Y, o vas al médico, o te vuelves tarumba.

La última vez que me acerqué al médico de la seguridad social estaba en el tercer supuesto y por tanto con ningún achaque urgente. Me encontré en la siguiente situación:


Primera visita en un par de años, doctora nueva en la plaza. Era el primero en la lista de pacientes de ese día y pacientemente, como corresponde, aguardaba a ser llamado para entrar en la consulta. Puerta cerrada, nadie sale ni entra, no se oyen voces, sigo aguardando. Pasan 20 minutos y cuando pensaba que el doctor, al que desconocía, no debía de haber llegado aún, se abre la puerta y aparece una señora de más que mediana edad, ataviada con un atuendo de más bien corta edad, con unos pantalones piratas, una blusa tropical y unos abundantes y extraños abalorios al cuello. Iba profusamente despeinada en su recogido como si se acabara de levantar de la cama y una expresión en sus ojos que lo confirmaba: debía de haber estado disfrutado de una siestecita en su consulta.

- Bueno, pensé comprensivo, tal vez ha estado toda la noche de guardia… Uno prefiere pensar que aquellos de los que depende su salud, seguridad, bienestar, economía, etc. son siempre excelentes profesionales, seguros de si mismos, con la sabiduría y experiencia necesarias para solucionar cualquier eventualidad. Como en el cine. ¿O quizá veo demasiada TV?
En fin, a lo mío: paso, tomo asiento y comienzo a relatarle mis males, molestos pero no graves afortunadamente. Después de escucharme manipula en su ordenador y comienza a confirmar conmigo los antecedentes médicos que figuran en mi ficha, dado que como ya he dicho éramos nuevos el uno para el otro:

- Usted tuvo tal y tal.
- Pues si, efectivamente –confirmo con seguridad-
- Y además, antes tuvo esto, esto otro y lo demás allá.
- Oiga, no. –digo extrañado- Eso no le padecido...
- Y antes de eso tuvo nosecuantos y nosequé.
- El nosequé si lo tuve, pero el nosecuantos no sé ni lo que es. Ya estaba yo un poco mosca.

Y siguió tranquilamente, sin oírme ni hacerme caso, contándome un montón de padecimientos que jamás había sufrido, mezclados con alguno que si había tenido. Vamos, como la primitiva. Acertaba alguno de casualidad.

Pero el problema intuía que era grave. ¡¡En mi historial figuraban un montón de males que no he padecido y ella erre que erre!! ¿Han mezclado mi historial con el de otro paciente? ¿Alguien se ha dedicado a jugar al Tetris con mis padecimientos? ¿Habían barajado los expedientes antes de incluirlos en el ordenador, o me había informatizado el historial el becario enchufado?

Me inquieté ya que cualquier decisión médica, prescripción farmacéutica, etc. irían basados en esos antecedentes que son míos... y de medio consultorio más. A pachas. Vamos que o nos curaban a todos a la vez o la palmábamos todos juntitos.
¿Los demás tendrían su dossier igual o estarían vacíos todos, volcados en el mío? No, si encima me iban a llamar acaparador.

Pero ¿por qué le hacía más caso a un expediente erróneo de ordenador que a mi, vivito y coleando enfrente de ella? Quizás había visto la serie de
House: “Los pacientes siempre mienten…”

En fin, que salí pitando de allí y buscaré un médico, privado, que no tenga antecedentes míos.


O, al menos, que me crea.

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