jueves

En la hamburguesería

Estábamos comiendo en el McDonald’s o en el Burger King o en algún sitio de esos a los que vamos los papás divorciados los domingos para contentar al niño y ahorrarnos el guisotear en casa. Vamos, un sitio de esos insanos pero todos contentos.

Ya en la mesa, con nuestras respectivas bandejas y hecho el despliegue de patatas, kétchups, servilletas, etc. de rigor, echas un vistazo al local, que no se diferencia de otros, medio lleno, familias, papás y mamás (menos) con sus respectivos retoños y alguna parejita adolescente con pinta de estar aburridísimos.

Según vamos trajinando la comida en el orden preestablecido, mordisco de hamburguesa, puñado de patatas, trago de coca cola..., me fijo en que la puerta del fondo se abre y entra "Ella".

Es una mujer rubia, en la mitad de la treintena aproximadamente, con melena, pelo liso, estatura sobre uno sesenta y pocos, vestida de blanco y cara de ángel. No le puedo quitar ojo. Me parece bellísima. Ella recorre con la mirada el local, detiene su vista sobre mí durante un segundo más de lo esperado y continúa con el paseo visual. No debe de encontrar lo que busca y sale dirigiéndose al habitáculo anexo donde está el área de juegos.

No voy a dejar pasar la ocasión. Digo “ahora vuelvo” y me dirijo hacia ella, siguiendo la estela de su presencia. Efectivamente, está en el local de juegos infantiles controlando, sonriente, a un niño de unos cinco años. Me acerco a ella y con la mejor de mis sonrisas y ensayando para poner mi tono de voz más amistoso, amable y seductor posible, le digo: “Hola, buenas tardes. Si eres una mujer felizmente casada, habré vuelto a tener toda la mala suerte del mundo. Si ese es el caso, enhorabuena y discúlpame. Si por casualidad no son esas tus circunstancias, te rogaría me dejaras conocerte. Te pido por favor, que en ese caso, me des la oportunidad de saber quién y cómo eres, de disfrutar de tu compañía. No te quiero agobiar ni que pienses que soy un chalado, pero de verdad, me has impresionado. Toma, por favor, mi teléfono y mi dirección de email. Mi nombre es Á. Contacta. Atrévete, ¿qué pierdes con probar? Gracias y…

- Papá…, ¡papá!

- Estooo, humm, ehh,.. ¿sí, hijo? ¿qué quieres?

- ¿Me puedes abrir el sobrecito del kétchup, por favor?

- Sí, claro, como no….

Bueno, de nuevo la oportunidad se pierde y sólo en mi imaginación pude hablar con ella. Alguna vez lograré seguir a mi imaginación y levantarme de la silla. Mientras, sólo me queda soñar.

2 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Si a mi me aborda alguien diciéndome eso, salgo por piernas.

Aspective dijo...

¿Sí? Pues se aceptan sugerencias de "textos" alternativos, no espantantes y a ser posible eficaces para futuras ocasiones en que sí me atreva...
Gracias
;)
Á