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miércoles

jueves

Edulcorado

Hace poco me han regalado mi primer reproductor mp3. Sí, ya sé que voy con algo de retraso con respecto a la tecnología, pero siempre me habían parecido unos alienados esas personas que van por la calle con los cascos puestos, aislados del mundo, escuchando lo que quieran que escuchen. Rápidamente me he convertido en uno de ellos. En fin.


Desde hace años, iba guardando todas las canciones que me bajaba (legalmente por supuesto) para hacerme discos para el coche o para realizar una recopilación y regalársela a alguien de la familia con lo que he podido meter un plumazo chorrocientas canciones en el mp3. Hay de todo. Es una mezcla de lo más ecléctica y sin ningún tipo de división u organización. Pones el modo aleatorio y vas saltando de década, estilo, ritmo e idioma sin transición. Me gusta. Y me gusta porque todas las canciones son especiales, de alguna forma, para mi.


Entre ellas, está incluida esta: "Honey" de Bobby Goldsboro (1968). Es muy especial porque indefectiblemente me recuerda a mi padre.

No tengo muchos recuerdos de él, de sus gustos, de sus aficiones... A pesar de que yo tenía ya 18 años cuando falleció, no le llegué a conocer bien, identificándolo más con una figura autoritaria, que imponía, que con el cariñoso padre que mis mayores me cuentan que era. Nunca supe percibir la devoción por mi que me cuentan que tenía y francamente, es algo que me apena. El no haber sabido disfrutar de él, el tiempo que estuvo conmigo es algo que me duele más que su propia ausencia.


Pero dejemos de divagar y volvamos a la canción. En aquella época, en la que o te comprabas el disco, o la escuchabas en la radio, sin más opciones, el comienzo de esta canción siempre sacaba una sonrisilla a mi padre y mi madre, mis tíos y mis primos mayores le tomaban el pelo diciéndole, indefectiblemente, que "se ponía tontorrón". Literal. Nunca supe porqué, ni qué sabían todos que yo ignoraba sobre la relación entre mi padre y la canción, pero cada vez que la oigo, se me aparece aquella sonrisa...




martes

2 de febrero de 2010

Bienvenidos al dos de febrero de 2010. Martes. Un día muy especial.

Seguramente os preguntaréis qué tiene de raro este día. Para la inmensa mayoría, nada. Para otros, será su cumpleaños, su aniversario o alguna efémeride similar.


Para mí es un día diferente porque hoy alcanzo los 50 años y 6 meses menos cuatro días de edad. Cierto que no es una cifra redonda ni que se suela celebrar de una manera señalada, pero es importante. Esta edad me obsesiona desde hace 32 años, desde que yo tenía mis 18, lejanos ya.

Pero hoy cumplo exactamente la edad que tenía mi padre cuando murió, cuando un infarto y la ineptitud de un médico pusieron fin a su vida. Cincuenta años, seis meses menos cuatro días. Entonces fue un 30 de junio, viernes. Hoy es un martes dos de febrero.

Cuando falleció, yo escuchaba a todo el mundo decir que mi padre era todavía muy joven y cosas similares. A mi, desde los 18, evidentemente no me lo parecía. A los 18 los 50 están muy lejos y piensas, convencido de tener razón, que de joven nada, que ya se es bastante viejo.

Por supuesto hoy no pienso así. Pero alcanzar esa edad, sobrepasarla se convirtió poco a poco, año tras año, en una obsesión. Quizás morbosa o enfermiza, pero ¿quién controla sus obsesiones?

Para mi, desde esta perspectiva malsana, hoy es como un cumpleaños, el mío. He logrado alcanzar esa edad. El infarto por el que murió, según nos dijeron, fue provocado por el estrés, los kilos, el sedentarismo, el tabaco.... Quizás hoy a esas causas le añadirían condicionantes genéticos u otros motivos. Pero no quitarían ninguna de esas "típicas-tópicas" causas desencadenantes o agravantes de una dolencia coronaria. Y yo, a lo largo de mi vida, he ido tomando decisiones, escogiendo caminos, que me alejaran de ese punto, de esos factores de riesgo. Pero la vida, como decía Lennon en "Beautiful Boy" es eso que te ocurre mientras estás ocupado haciendo otros planes y se complace en burlarse de ti . Al igual que la frase de Lennon, que figura al final de blog casi como leitmotiv o eslógan de mi vida, en este post recogía ya esas "casualidades" o predeterminaciones que, hagas lo que hagas, te llevan al encuentro del destino. Así que después de muchas vueltas, increíbles algunas, llego a esta edad, fumando, con kilos de más, sedentario y con estrés.


No es un día señalado de ninguna manera en ningún sitio. No es un día festivo o famoso. Es solo un dos de febrero.
No hay nada que pensar. Sólo quería compartirlo con vosotros.

viernes

Un padre divorciado.

Esta semana, en el blogguercedario, el tema era "Es todo un reto". Este fue mi post:

Un padre divorciado

Hace unos años me divorcié.

La decisión la tomé yo. Nadie me animó ni la asumió en mi lugar. No hubo terceras personas, ni gritos, ni peleas. El amor, que supongo existió alguna vez, no residía ya en ningún rincón de mí. No había proyectos comunes, ni gustos compartidos, ni ratos de intimidad. Yo notaba que estaba mucho más a gusto sólo que con ella. Y después de mucho dudar, de infinitas horas de pensar, de vencer miedos y reticencias, me decidí. Pensé, ingenuo de mi, que lo que hacía era separar mi vida de la de hasta entonces mi mujer, pero no.

Fue en ese momento cuando, por una letra, por una simple consonante, pasé a ser un ciudadano de segunda categoría. Yo no era madre. Sólo era padre. Y aunque no es lo mismo, evidentemente, desde un punto de vista físico, había creído con candidez, con inocencia, que para mis hijos, para su crecimiento, su educación, su madurez, un padre sería algo valioso. Tengo capacidad y deseo darles amor, cariño, mimos. Educarles.

Pero no. Como divorciado varón soy automáticamente encasillado en varios grupos indeseables: soy un potencial maltratador, aunque la última vez que pegase a alguien tenía 12 años y además me sacudieran a mí. Soy también un posible pedófilo en potencia, lo que imposibilita que mis hijos, sobre todo las niñas, vengan a despertar a su padre en la cama o se queden dormidas en mis brazos. Evidentemente soy moroso seguro y para ello se han dictado unas normas que me llevan directamente a la cárcel, solo con la denuncia, si un mes se ha dado mal y me retraso en el pago; soy autónomo y no gano siempre lo que quiero, sino lo que puedo. Cuando estaba casado eso se entendía y ese mes se apretaba uno el cinturón. Cuando se daba bien, pues algún extra caía. Pero ahora no. Sea buen mes o mal mes, se dé como se dé, tengo la espada de Damocles sobre mi cabeza. Sólo puedo ser educador de fines de semana alternos y de alguna hora perdida entre meriendas y deberes, un par de días laborables, anodinos, de entre semana.

Ándate además con cuidado, pues si se te ocurre hacerles cualquier regalo, como te gustaba hacer antes, te acusan de intentar comprar el cariño de los niños. Piensa todo lo que haces o dices pues todo será escrutado milimétricamente y podrá ser usado contra ti, donde sea.

Y te has ido. Con una mano delante y otra detrás, a empezar de cero. Porque todo lo que se compró con tu sueldo, trabajando las horas que hiciera falta, se queda en la casa. Y la casa se la queda tu ex mujer. Da igual que tú aportaras mucho más a la economía familiar. Da igual que ella decidiera tomarse un par de años sabáticos cuando nacieron los hijos siendo tú el único soporte económico. Ya nada es tuyo. Con la excusa de que debe de quedar para las niñas, no te puedes llevar nada. Como si en tu nueva casa, que intentas encontrar con lo que te resta de sueldo, no lo fueran a disfrutar también. Y que la casa sea “digna” pues sino lo consideran así también te podrán negar los derechos de visita de los niños. Porque eres sospechoso. De todo.

Buscas un nuevo trabajo, pero ¿quién te va a contratar si adviertes que martes y jueves y los viernes alternos te tendrás que ir como un reloj a recoger a tus hijos? Si haces como todos los matrimonios normales, si haces como tu ex, y encargas que los recojan quien pueda (abuelos, vecinos…) no ves a tus hijos y además te pueden quitar el derecho de visita, porque es un deber para con ellos, no un derecho tuyo, pese al nombre. Y no hay nuevo trabajo.

E intentas encontrar una nueva casa digna, subsistir con el trabajo que por fuerza te ha de dejar esas tardes libres, y convertir en hogar un sitio nuevo, desconocido y vacío.

Poco a poco te enteras de tus derechos. Ninguno. Alguien decide por ti a que colegio irán, si necesitan o no ortodoncia, hablarán con el profesor de turno que a ti ni te conoce, las notas las sabrás si te las cuentan. Ya no eres nadie. No sabrás siquiera si han ido al médico porque nadie tiene porqué informarte. Si has tenido suerte y algún mes se da económicamente bien y decides que puedes hacer una escapada de dos días a Eurodisney aprovechando una oferta, te enteras de que tienes que pedir permiso por escrito para sacarlos del país. Pedir permiso por escrito porque también eres un potencial secuestrador de tus hijos.
Y como no decides, cada temporada recibes una nota de gastos. De gastos extraordinarios que tienes que pagar aunque no estés de acuerdo con ellos. Alguien también ha decidido por ti, sobre su vida y sus necesidades y tú, simplemente, cotizas.

Es cierto. Hay padres lamentables, deleznables e incluso peligrosos. Pero si dijera que todas las mujeres son putas porque existen las prostitutas, me lapidarían. Si expusiera que todos los inmigrantes son ladrones porque alguno hay, me llamarían racista y me condenarían. O si osara decir que los vascos son terroristas porque existe el terrorismo, sería insultado y condenado al ostracismo. Pero ser padre cae fuera de esta regla. Como alguno hay, todos podemos ser y como más vale prevenir que curar, todos al paredón.

Yo sólo quería una nueva oportunidad para ser feliz. Pero volver a levantarse, siendo un padre divorciado, casi un apestado, es un verdadero reto.
-oOo-
Quiero aclarar que esta historia, que estos sentimientos y sensaciones fueron, son, los míos. Son reales. Mi separación tuvo lugar en 1997. Es posible que hoy algunas cosas sean distintas. No lo sé. El tiempo ha pasado, los niños han crecido y la mayor hoy vive conmigo. Ha sido su decisión, tomada cuando la ley se lo ha permitido. Vuelvo a estar casado. Afortunadamente, las cosas no son ni parecidas.

martes

Un babero, por favor

Si, reconozco que se me cae la baba con mis hijos. ¿Qué le voy a hacer? Hablar con la mayor, asistir a los primeros noviazgos de la mediana y ver como el pequeño va aprendiendo, descubriendo cada día que es capaz de hacer nuevas cosas, es una experiencia, que por más que la repitamos todos y cada uno de los padres, te parece única. Como cuando sostienes a tu hijo por primera vez en brazos. Crees imposible que nunca antes nadie se haya sentido así.

El pequeño todo lo ve, lo intenta y es acojonante la cara de curiosidad, de intensa concentración cuando le explicas alguna cosa que le interesa. Cuando consigue un nuevo logro, la expresión de asombro y satisfacción con te mira son impagables. Ayer consiguió flotar en la piscina. Un pequeño paso para la humanidad, pero un gran salto para su soltura en el agua. Si, soy un baboso, lo reconozco.

Pero cuando ya me derretí, cuando casi estallo de orgullo, es cuando el otro día, hablando con sus amigos, le oí decir algo que es un tópico, algo que todos los niños han dicho, algo de lo que todos han presumido:

- Mi papá es el más alto, el más listo y el más fuerte.

No hay canción más bonita ni música más espectacular. Espero que aún falten muchos años para que mi hijo se de cuenta de que no es cierto. Porque mientras pueda seguir siendo para él un "súper héroe" cada día merecerá la pena, sin necesidad de nada más. Me sentí como dios. Se te pone una sonrisa boba en la cara, de oreja a oreja, que nada puede borrarte. Es difícil describir las sensaciones que te embargan cuando oyes a tu hijo, convencido, hablar, presumir, así de ti. Literarlmente entiendes la expresión "no caber en si de orgullo".

Se que la caída será dura; que cuando llegue la adolescencia esta idolatría se transformará en una sensación negativa, de rechazo y enfrentamiento, incluso de vergüenza, porque posiblemente es necesario, pero, hasta ese momento, y que dure, soy lo mejor que hay en el mundo. Preguntádselo a mi hijo.

- Mi papá es el más alto, el más listo y el más fuerte.