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miércoles

El peke pide

Dicen que el hombre propone y en este caso, el pequeño de la familia, dispone.
Ayer mismo...

Además de deberes, ducha, cena, dientes, cama, etc. me encuentro que estamos en vísperas del día del padre. Esto implicaba que sin falta, y bajo amenaza de las mayores catástrofes y cataclismos, debía conseguir para hoy: un "canuto" de cartón similar a los centrales de los rollos de papel higiénico. Pero... ¿que hacer si el rollo está entero y el canuto debe salir indemne de su extracción? en estos momentos es cuando recuerdo que soy manazas y no manitas. En fin...

Después de superar mal que bien esta primera prueba (conseguí el canuto, pero no me preguntéis como), le surge la necesidad imperiosa de encontrar un trozo de cartón liso, medianamente fuerte y de medidas inconcretas, desconocidas, salvo en la mente de mi hijo: "no muy grande, pero tampoco pequeño". Ejerciendo dotes de adivino insufladas vía ciencia infusa, logré encontrar, después de sacar de sus cajas todos los zapatos de la casa, aquella tapa que cumplía con sus expectativas.

Pero no habíamos acabado; llegamos a la prueba final: me pide una bolsa pequeña de papel, de esas con asas de cuerda y cuerpo medianamente rígido. Pero ¡oh, cielos! esas son bolsas típicas de boutiques de ropa y similares, algo que brilla por su ausencia en mi nueva casa. Temeroso de no poder superar la gimkana, me estrujo las meninges y recuerdo que hace cosa de un mes su madre me hizo llegar unas medicinas para el peke en una bolsa así. Busco la bolsa en el armarito de las medicinas (cosa lógica, todo el mundo sabe que las bolsas de papel con asas se guardan en el armarito de las medicinas) y ¡¡eureka!! la encontré. A mi hijo le brillaban los ojos pues era exactamente lo que quería. Si es que no hay nada como ser papá...

¿Y de verdad a su profesora se le ha ocurrido pedir todo eso en una tarde, de un día para otro y sin avisar? O es que mi peke ha decidido olvidarse del tema y esperar hasta el último segundo para pedirlo...

En fin, creía que se acostaría ya, y así sería salvo que tu hijo haya decidido convertir tu noche en un concurso de esos de humor amarillo de la TV y recuerde ya acosado que le tienes que escribir una nota en la agenda para que la tutora le permita no ir a clase de judo y ser recogido por los padres de un amiguito para ir a celebrar su cumple. Como no sabes nada del tema, llamada de rigor a su madre para pedir confirmación e instrucciones, que recibo en medio de cierta rechifla por "no enterarme de nada".

Finalmente, con la fierecilla ya casi dormida preparamos la ropa del día siguiente. ¡¡Horror!! ¿dónde está el jersey del uniforme? ¡¡crisis!! no aparece. Impávido, el chaval argumenta que se le ha debido de caer solo de dentro de la mochila (llevo diciendo varios años que si a los jerseys les cortáramos las piernas nos iría a todos mucho mejor). No tengo jersey de reserva pues el que debía de tener ya lo tuvo que usar hace un par de semanas y no me lo han devuelto... (esto lo recuerdo después de buscarlo durante media hora, claro) y ... nada. Mañana con la sudadera del chandal y a tomar por saco.

Y al fin parece que se duerme...

Llego al sofá, enciendo la tele... y yo también me quedo frito.

Y esa su señoría es la razón por la que no pude hacer nada de aquello a lo que me había comprometido y tal...

Ruego me disculpe.

lunes

Contrastes

Por llamar a esta entrada de alguna forma. Pero sí. He tenido sensaciones contrastadas, curiosas, nada importantes, pero que te hacen pensar, al menos, dos minutos (casi). Una barbaridad.

El viernes tuve boda familiar. Misa en toda regla, cóctel (malditos zapatos) y cena (para quien le gustase la cocina esa de títulos largos, platos grandes, manjares pequeños… y raros). Pero a lo que iba. Una boda familiar es el momento de encontrarte con todos aquellos consanguíneos a los que no sueles ver, y con los que menos contacto, incluso electrónico, tienes. Por allí aparecen tíos y primos de distintas procedencias: ¡¡como has crecido!! ¡¡que joven te conservas!! ¡¡pero ¿de verdad tú eres fulanito el de menganita?!! y originalidades parecidas, son las frases más típicas/tópicas que se oyen en el momento inicial del reencuentro.Desde hace cincuenta años, las mismas. Te dan ganas de colocarte un identificador con las respuestas adecuadas a las preguntas que sabes que te van a hacer. De decirle a la tía zutanita, que dejaste de crecer hace treinta y cinco años. Pero da igual. Yo lo vivo con cariño y me gusta encontrarles y reunirnos de vez en cuando. Aunque sea para una boda.

La cuestión es que allí eres Aspectivito. Así te llamaban de pequeño, y así te seguirán llamando hasta el fin de tus, sus, días. Da igual que midas medio metro más que ellos, que peses el doble, que tengas hijos mayores, que… es lo mismo. Tú eres Aspectivito, él, Fulanito, y lo seréis para siempre. Y con el nombre cariñosamente (espero) familiar, va una carga de cualidades, defectos, formas de ser, hazañas de cualquier sentido y dimensión que conforman tu “leyenda”. Blanca, negra o simplemente gris, son hechos que dibujan tu manera de ser en la mente de los demás y de la que no puedes escapar. No importa lo que hayas estudiado, en lo que hayas trabajado, lo que consigas o no consiga;, ese pasado está inscrito en tus genes familiares y es imposible zafarse de él. Da igual que los “hechos” recordados sean ciertos, exactos, invenciones o exageraciones. Leyenda o realidad es indiferente. La mente familiar no olvida perpetuando, a fuerza de repeticiones adornadas, aquellos hitos de los que fuiste protagonista o simplemente figurante invitado. Se recrean en contar la historia una y otra vez en cada reunión, casi siempre comenzando por el inefable “¿Te acuerdas cuando…?”. Y te acuerdes o no, te quieras acordar o no, forma parte de ti, como tu apellido. Insisto, sea bueno o sea algo que prefieras olvidar. Fuiste así, eras así y serás así para siempre. Tu rol en el entramado familiar está definido por esa memoria cuasi colectiva y lo tienes que desempeñar te guste o no. Eres Aspectivito y eres así. Y punto.

Pero también el fin de semana me ofreció la posibilidad de reinventarme casi a mi gusto. De ofrecer una imagen de lo que realmente me hubiera gustado ser o hacer. Esta vez estaba en la terraza de la casaprestada con el peque jugando a la canasta. Era una de esas cestas de oficina, de las que se cuelgan del borde superior de la puerta y a las que se arroja una pelota pequeña y blandita, poco más grande que una de tenis, y que no hace estragos aunque caiga en mitad de la mesa de trabajo. Le habían regalado la canasta por su cumpleaños y la estrenaba en ese momento. Pues bien, durante un lace de su juego, arroja la pelota demasiado fuerte y llega a mis manos que, sentado, estaba desempeñando el fundamental papel de locutor entusiasta del evento (reminiscencia de los dibujos de Oliver y Benji, en los que el narrador es el elemento fundamental de cada episodio pues es el que te dice qué estás viendo). Sin modificar mi cómoda postura en la tumbona, tiro la pelota hacia la canasta y tengo la suerte de que se cuela limpiamente por el aro. Mirada de admiración del peque y su comentario: “Papá, tú, de pequeño, jugabas al baloncesto ¿verdad? Eres muy bueno”. Bueno..., te sientes el amo del mundo. Por un momento piensas en decirle la verdad: “Sí hijo, intenté jugar pero era torpe, lento y malo” pero rápidamente consigues que se te pasen los tontos impulsos de sinceridad y te das cuenta de que con esa verdad no vas a ganar nada. Que no es mejor para él saber que fuiste un “manta” Y le dejas creer, por omisión, que sí, que fuiste bueno jugando al baloncesto. Igual que cree, inocente él, que serías bueno jugando al fútbol si no fuera por ese tobillo jodido que tienes.

Estoy de acuerdo en que no es muy honrado. Pero ¿qué daño haces? Él te ve con ojos de adoración y tú, que nunca disfrutaste de un aplauso, te sientes ahora como ganador de la copa del mundo. Te reinventas un poquito. Por unos minutos disfrutas de algo que no fue pero que te hubiera gustado que fuera. Y vamos a ver… tampoco le has dicho aún nada de los reyes magos ¿no? Pues eso.

martes

Información: la necesaria, completa y exacta.

La información es poder. O al menos, es necesaria para poder llevar a buen puerto aquel dicho de “bien está lo que bien acaba”. Bueno, no os perdáis, esto va de una carrera. Una carrera infantil.

El peque, está estos días de vacaciones con su madre y la familia de esta, que dios guarde muchos años, en la Castilla La Vieja profunda (no sé exactamente a qué autonomía pertenece esa provincia, he llegado tarde a ese plan de enseñanza…), en un pueblo muy afamando por sus legumbres. Dentro del programa de animación veraniega del lugar, dado que el pueblo no ofrece, per se, muchas opciones de diversión, se organiza un fin de semana de agosto una jornada deportiva centrada fundamentalmente en las carreras. Carreras de correr, de las de siempre, de las de preparados, listos, ya y hala, to cristo a correr para ser el primero en llegar a la meta. Su reglamento es fácil de entender: hay que correr sin hacer trampas, siendo estas cualquier cosa que entiendan los jueces que no se puede hacer. Y punto. El recorrido, para los pequeños que es lo que ahora me ocupa, es de un trazado sencillo: dos vueltas a la plaza.

El sábado pasado tuvo lugar esta carrera y el peque, en la categoría correspondiente a su edad, quedó el cuarto, que no está nada mal, dado que según me explicó mi ex, los tres primeros son niños federados que entrenan y corren habitualmente atletismo en un club ad-hoc. Y mi hijo corre en el patio del colegio y punto. Pues eso, que ole sus huevos. Pero esta ha sido su tercera participación. No recuerdo la clasificación del año pasado, pero me acuerdo perfectamente del puesto en que quedó el primer año que corrió, cuando tenía 5 años: el último. Y la culpa fue de sus padres (entre los cuales me incluyo) por no facilitar correctamente la información necesaria.

A ver (no haber, sino “a ver”) que me explico. Como era la primera participación de mi hijo en esta carrera que recia raigambre familiar (ya la habían ganado, años ha, varios de sus tíos) y dado que el crío no es oriundo del pueblo, decirle que había que dar dos vueltas a la plaza le dejó bastante frío. Procedimos por tanto, el día anterior por la tarde, viernes para más señas, a visitar la “plaza del pueblo” y dar un paseo por todo su perímetro para que el niño pudiese reconocer el terreno sobre el que competiría el día siguiente (es necesario decir que la plaza es rectangular con una calzada para coches, por la que se correría que rodea una gran isla-parque central y que tiene cinco bocacalles que llegan-salen de la plaza). Al ser también su primera carrera oficial, le inculcamos las más elementales nociones sobre cuando salir, lo que debía y no debía hacer, etc. Es decir le preparamos perfectamente, según pensamos entonces.

Llega el gran día. Le prendemos el dorsal con su número correspondiente a la camiseta, un pequeño calentamiento para evitar tirones, grandes dosis de ánimo para elevar la moral… es decir, lo normal. Cuando por fin está en la línea de salida, con toda la caterva de críos preparada para correr, piensas en lo que le has dicho siguiendo la máxima del barón de Coubertín: que lo importante no es ganar sino divertirse y participar, etc. Chorradas. Allí estás tú muerto de nervios y dispuesto a morder lo que sea para que gane. (Atención psicólogos: yo no gané nunca nada y es un claro caso de volcado de frustraciones paternas sobre los hombros del crío, pero paso de vosotros). …Y ¡zas! el pitido de salida. Todos comienzan como desesperados a correr mientras tu hijo se queda parado. (Luego te explicaría que como le daban codazos en la salida y él no debía darlos porque tú se lo habías dicho…) Cuando por fin, después de desgañitarte como un energúmeno para que empiece a correr, comienza su recorrido, ves que se va parando en cada bocacalle y asomando la cabeza mirando en ambas direcciones, calle a calle, una a una, prudentemente ¡¡¡para mirar si vienen coches antes de cruzarla!!!

Claro. El recorrido de reconocimiento lo habíais hecho un vienes tarde con el tráfico plenamente activo y no le habías advertido de que durante la carrera la circulación estaría prohibida. De entrada piensas que tu hijo es tonto. E inmediatamente te das cuenta de que no, de que es un niño obediente, que recuerda las normas que le has inculcado, que es prudente, que no se deja arrastrar por los demás (era lógicamente el único que se paraba a mirar antes de cruzar) y que tú has sido quien no le has dado toda la información necesaria suponiendo que el niño sabría eso…

Él llegó tan contento (¿lo importante no era participar?), orgulloso pues había cumplido además con todas tus normas (no dar codazos, no empujar, mirar antes de cruzar…) Tan contento y el último, él. Y finalmente eres tú el que piensas que has hecho algo mal, porque esa carrera no ha sido normal. Para nada. Y pedir la repetición parecía fuera de lugar ¿no?

lunes

¡Que gozada!

A lo largo de las distintas entradas de este blog, ya he dejado claro que el fútbol no me gusta. Como futbolista imposible, pues mi máxima aspiración deportiva es ser campeón mundial de reposo en sofá (podría aducir que tengo los tobillos y rodillas muy jodidos de cuando jugaba de joven, etc. pero la verdad es hoy por hoy no me gusta practicar deporte). Como futbolero, espectador, aficionado o como se llame, tampoco tengo futuro. Me aburro viendo los partidos.




A pesar de esto, mi hijo pequeño, con seis años, siente, vive y piensa solo en el fútbol. No sé de donde lo ha sacado, pero es algo increíble. Su máxima aspiración es tener permanentemente una pelota en los pies: recreos, tardes, entrenamientos, partidos, fútbol a todas horas y de cualquier clase. Sobre todo practicarlo, pero tampoco le hace ascos, si no hay más remedio, a ser simplemente espectador.



Ante esta situación, como comprenderéis, los premios y castigos (o amenazas) giran siempre alrededor del fútbol. En su día le prometimos que si sacaba buenas notas, si su actitud hacia el estudio era buena y su tutora nos daba buenas referencias, ganaría, como premio “gordo” el asistir a un partido del Real Madrid (es madridista hasta la médula…) Y lo ganó.



El pasado miércoles se dieron las circunstancias idóneas. Buscaba yo, para su estreno, un partido nocturno (el campo es mucho más espectacular con la iluminación nocturna y para el niño las actividades de noches son como más valoradas), que no tuviera mucha tensión (nada de un Madrid-Barça ni nada similar, algo tranquilo) ante un rival fácil, con posibilidad de ver goles… El partido de ida de copa del rey, ante el Levante, conjuntaba todos esos requisitos y finalmente sacamos las entradas. Fuímos el peke, su madre y yo.




Por supuesto, el crío estaba como un flan antes de ir. Los nervios podían con él. Y las noticias de la radio, informando de unas anginas de CR7 y la suplencia de Di María y la ausencia de Sergio Ramos, tampoco eran muy positivas. Le intentamos prevenir contra los ruidos (trompetas, sirenas, gritos, insultos) y preparar para lo que iba a vivir.



Como siempre sucede en estos casos, la realidad te supera. Asistimos al “partido perfecto”. Jugaron casi todos los titulares, menos los lesionados o sancionados. Las localidades, caras, eran de ensueño. El peke se hizo cargo del ambiente de forma inmediata y al poco de comenzar ya estaba gritando instrucciones al equipo “¡¡Venga, fuera, ese balón fuera!!”, despotricando contra el árbitro: “Tarjeta, árbitro, ha sido tarjeta”, “¡No, hombre, no, no ha sido saque de puerta, ha sido corner!”…. ¿De dónde había sacado esas frases y esa "sabiduría futbolera? De casa no, por supuesto. También identificaba, sin necesidad de ver el número o el nombre, a todos los jugadores del equipo (y a mí me parecían todos el mismo, ¿será que necesito gafas también para lejos?) y participó de toda la animación del estadio: aplaudía, abucheaba, saltaba, hacía la ola… todo. Parecía un experto aficionado con cientos de partidos a sus espaldas.



Además, el Madrid ganó 8-0 ¡¡8-0!! Hacía 50 años que no se daba ese resultado en copa y tuvo la fortuna de que acertamos con el partido. Vio goles, vitoreó, compadreó con los vecinos de localidad, gritó hasta quedarse afónico, se emocionó...




El brillo en sus ojos es algo que nunca olvidaré. Creo que bajo ninguna circunstancia nos podría haber salido tan bien el experimento. Disfrutó como nunca, se emocionó, participó de todo (se comió el reglamentario bocata en el descanso, por supuesto) agitó su bufanda como hincha y salió encantado de la vida…



A ver como le convenzo de que no todos los partidos son así. Pero desde luego, jamás había visto a mi hijo disfrutar durante dos horas, como lo hizo ese día. Y yo fui testigo y artífice en parte. Me siento muy contento. Y mi hijo cambia cualquier otro regalo que le gustara antes del partido, por volver otra noche al Bernabeu.



Algo increíble. Veo que, a este paso, me va a terminar por gustar el fútbol. ¡¡Que remedio!! Y qué gozada de día…

domingo

Más descoloques

A pesar ser su progenitor, convivir diariamente con él, llevarle y traerle del cole (con un largo trayecto en coche) sigue logrando descolocarme con bastante facilidad. No sé si será por ser yo un inocentón, o confiado, o crédulo, o… No sé. Ni idea. Pero lo consigue. El peke.

Diego tiene unas salidas que me dejan “fuera de juego” con gran facilidad. Ahora está loco por el fútbol. No sabe jugar, ni hablar ni pensar en otra cosa y la verdad, no entiendo de dónde le viene. En casa no había visto ni un partido… Bueno, a lo que voy. Ha comenzado el colegio esta semana y obviamente intentamos que nos cuente lo que hace, etc. Pues no logramos que nos hable nada más que de los entrenamientos de fútbol, los goles etc. Ya harto, el otro día le dije que me contara algo de lo que hacía que no fueran los entrenamientos, algo de lo que hiciera el resto del día. Se queda pensando en plan “Vickie el Vikingo” y me suelta, feliz:
“En el recreo he jugado al fútbol”.
Fenomenal, hijo, fenomenal.

Nos ha contado como es la distribución física de su clase. Las mesas, individuales, están colocadas en forma de U frente a la pizarra y la mesa de la profesora. Su sitio, elegido por él, está, como es fácil de adivinar, en la esquina inferior de la U, en el ángulo más alejado de la profesora. Toda una declaración de principios, vamos. A sus dos amigos del alma, vecinos de pupitre el primer día, al tercero los habían cambiado ya “Porque no supimos aprovechar la última oportunidad de callarnos que nos dio la profesora…”
¿Última oportunidad el tercer día de clase? ¡Pues sí que empezamos bien!

Intentando rentabilizar su pasión futbolera, le prometí que si estudiaba, se portaba bien y sacaba buenas notas, visitaríamos el museo de trofeos del Real Madrid y asistiríamos a algún partido en el campo. Se puso loco de alegría. Al día siguiente, meditativo, intentó aclarar los términos de la promesa:
“¿Tengo que sacar buenas notas en todo, o vale con que las saque en algunas aunque otras sean malas…?”
¡¡Pero tío, si estás en primero de primaria, llevas una semana de colegio, no te han mandado aún ni deberes… ¿y ya estás pensando en catear algunas?!! ¡¡Joder que futuro más negro me espera…!! (Y a él por cierto)

Esta tarde, era el cumpleaños de su abuela, mi suegra (perdón, mamá "política" –del PP o más a la derecha, por lo menos-) y hemos pasado el día en su casa. Ha coincidido con su prima favorita, a la que saca 8 meses, y con la que se lleva genial. Como el jardín de la casa es grande pero no está vallado, de vez en cuando hay que echar un ojo para que no se vayan lejos. En un momento de la tarde vemos que han desaparecido. Nos levantamos varios a buscarlos y a los pocos minutos aparece mi mujer con ellos. Nos volvemos a sentar en la larga charla de sobremesa y cuando la atención se ha diluido en otros temas, mi mujer, susurrando, me dice:
“¡¡Estaban en la habitación de S., en el sofá, y se estaban besando en la boca!! Y como no me han oído llegar, cuando he abierto la puerta, tu hijo del susto ¡se ha caído al suelo…! Le tienes que explicar que con su prima eso está mal”.
Bueno ¿habéis tomado nota del “tu hijo” y del “le tienes”? ¿Y yoo? ¿Por qué yo? Si sólo soy su padre. Además ¿Quién no ha tenido una maravillosa prima con quien comenzar su aprendizaje? Aunque los 6 años me parece precoz, pero en fin. Veremos cómo abordo mañana el tema… ¿Se podrá hilar de alguna manera con el fútbol?

jueves

En la Feria del Libro de este año y el Capitán Calzoncillos

El pasado domingo cumplí con el ritual anual de visitar la Feria del Libro de Madrid. Este año me ha tocado tórrido sol, lo cual no está mal, pues siempre llueve en estas fechas.

No había demasiado público, lo que facilitaba el acercarse a los stands. Yo no me compré nada. Tengo ahora bastantes libros pendientes.

Cogimos un par para mi mujer, otros dos para mi hija mayor (de encargo) y otros para la mediana. Pero el objetivo era encelar al peke. Le hicimos abrir su hucha y le cambiamos los céntimos que allí guardaba por un billete de 20 € que, orgulloso, llevaba en su bolsillo con mucho cuidado y comprobándolo continuamente. Allí se encontró, por primera vez, con que quería más libros de los que podía comprar con su presupuesto (aunque ayudado evidentemente) y tuvo que elegir y apuntarse los otros libros que deseaba y no pudo adquirir, para pedirlos en su cumpleaños, Reyes, etc. Eso queríamos: que deseara los libros, pero que no le vinieran como algo fácil y que tuviera que elegir y administrarse. Creo que conseguimos el objetivo.

Como firmante ilustre ese día estaba mi vecino famoso: Arturo Pérez Reverte, formando una gran fila de admiradores que estoicamente aguardaban al sol su turno.

Pero lo que me llamó realmente la atención fue el título de una colección de libros infantiles, al parecer famosos, pero desconocidos para mí: La serie del Capitán Calzoncillos. Buscado en la wiki, nos dice que el Capitán Calzoncillos de
Dav Pilkey es una serie de libros infantiles americanos acerca de dos niños de cuarto grado Jorge Betanzos y Beto Henares, y el acertadamente llamado Capitán Calzoncillos el cual crean al hipnotizar al director de su colegio, Zarzamoro Carrasquilla, accidentalmente. La serie de libros ha ganado recientemente el premio Disney Adventures Kids Choice.
Pues bueno.
Pero los títulos de la colección no tienen desperdicio:

- Las aventuras del Capitán Calzoncillos
- El Capitán Calzoncillos y el ataque de los retretes parlantes
- El Capitán Calzoncillos y la invasión de los pérfidos tiparracos del espacio
- El Capitán Calzoncillos y el perverso plan del profesor Pipicaca
- Superjuegos, pasatiempos y chascarrillos del Capitán Calzoncillos
- El Capitán Calzoncillos y la furia de la Supermujer Macroelástica
- El Capitán Calzoncillos y las aventuras de Superpañal
- El Capitán Calzoncillos y la gran batalla contra el mocoso chico biónico(I):La noche de los mocos vivientes
- El Capitán Calzoncillos y la gran batalla contra el mocoso chico biónico(II):La venganza de los repugnantes mocorobots
- El Capitán Calzoncillos y la dramática aventura de los engendros del inodoro malva

Supongo que serán muy educativos, pero me dejaron sorprendido.

(Y ¿aceptarían las mamás comprarles a sus hijos una serie de la Capitana Bragas o la Teniente Tanga?, me pregunto…)